
Actualizado Martes, 18-08-09 a las 04:24
Ante la creciente plaga de gente semidesnuda por las calles de nuestras ciudades, el mejor antídoto es un chute de «Mad Men». Con tanto personal en bañador o biquini a varias millas del mar, de la piscina, de la ducha y del decoro, al final hasta tengo ganas de que llegue el invierno de nuestro contento (y de nuestra gripe).
La serie de los publicistas de los años 60 (ya estamos en 1963) acaba de volver a la tele americana en su tercera temporada (con trama londinense). Pero cualquier episodio en DVD, con su vestuario de diario y hasta con los pantalones de montar de Betty Draper (tan Marnie style), sirve para quitar el soponcio de los sinca (sin camiseta, sin camisa).
Ya sabemos que nada necesita más reforma que los hábitos de los demás (Mark Twain), pero es que hemos llegado a un punto en que los demás ni siquiera llevan hábito. Yo, por llevar no ya hábito sino la contraria, robaría vestidos en los roperos de «Mad Men» para andar entre sincas como una reina (claro, que tampoco hay que esforzarse mucho: con un mono de mecánico ya iría overdressed).
Shelley Winters y Marilyn Monroe robaban zapatos en los estudios. Distraer los ferragamo de entonces equivale a llevarse los cardigans de Betty (January Jones) o las faldas estrechas y los vestidos de Joan (Christina Hendricks).Y con la talla de ésta no hay problema porque lleva más relleno (me interesa el de caderas, culo y abomen) que un muñeco Michelin.
Además, esto del seminudismo callejero tiene un problema añadido al tradicional a la hora de vestirse. Otra complicacion textil. Nunca sabría qué no ponerme cada día. Para hacer striptease urbano, quiero decir. No como ese striptease al que fueron este fin de semana en Las Vegas Demi Moore y su hija Rumer, que cumplía 21 años. A Demi, los percances aéreos le sientan como a Esperanza Aguirre porque el otro día estuvo a punto de estrellarse en el aeropuerto McCarran de Las Vegas (de verdad que se llama así) y no ha tardado en volver a celebrar el cumpleaños de su hija. El mismo día, el 16 de agosto, en que Madonna celebraba los 51 en Portofino, tomando comida kosher en el Splendido (tócate los triceps) y escuchando cómo su hija Lourdes le cantaba el «Happy Birthay». A Rumer se lo cantó un imitador de Elvis (en el aniversario de su muerte).
A la fiesta de Rumer Willis (que es un poco Chayo Mohedano) en Las Vegas asistieron 55 personas, incluidos su padres, los cónyuges de sus padres y su amiga Audrina Patridge (una de las actrices de la serie «The Hill» y compañera de Rumer en la película «Sorority Row», que se estrena en Estados Unidos el 11 de septiembre).
Lo mejor de todo es una foto publicada en el «Orlando Sentinel» en la que se ve a Demi Moore y Rumer Willis sentadas entre dos maromos. Un blanco rubio y un negro, negro. Los dos más cachas que Usain Bolt pero con taparrabos. Y ellas, muertas de la risa, lo que viene a dar la razón gráficamente a Tanya Gold, la estupenda columnista de «The Guardian», que sostiene que las mujeres ven stripteases masculinos para divertirse y que los hombres ver stripteases femeninos por razones más oscuras.
Lo de que las hembras, y siempre en grupo, van a ver tíos desnudos para jartarse de reír es de cajón, y eso que la británica no conoce seguramente los gritos y risas de vieja (tan españoles) que suelen ser la banda sonora en cuanto el señor del escenario sostiene una bandera con el mástil de carne. Por eso mismo de la parte chistosa, que parece pasa también en Las Vegas, una madre va con su hija a un espectáculo semejante. O una hija con su madre (y vale que es Demi Moore, pero una madre es una madre, aquí y en Hollywood). No hay problema. Con el striptease masculino (o con los strippers con los que se sentaron a fotografiarse) no hay una cuestión de sexo sino de risas.
Sexo es cuando Miriam Sánchez (Lucía Lapiedra) dice que ha hecho el amor en un restaurante con los camareros mirando. O en una moto en marcha. No dejo de preguntarme si en marcha es moviéndose. Y si lo hacía con el que la conducía o en el coche del sidecar con un propio mientras otro llevaba la moto. Bueno, es sexo pero también risas.


