
Actualizado Lunes, 17-08-09 a las 12:13
Fingir un orgasmo es peor que picar piedra. Un trabajo durísimo. Eso es lo que dice Katherine Heigl (la Izzie de «Anatomía de Grey») del que tuvo que interpretar en «The Ugly Truth», la película que está promocionando. Resulta que en la cinta hay una escena en la que lleva por error en una cena unas medias vibradoras. O unos pantalones, no sé, que todavía no la he visto. «Oh, Dios mío, fue una pesadilla. Acabé exhausta. Las piernas bailando debajo de la mesa y todo el cuerpo en tensión». Y sigue: «Al final del día sentía como si hubiera corrido una maratón. Nadie quiere orgasmos treinta y cinco veces en un día». Oye, bonita, habla por ti. Claro, que treinta y cinco falsos son otro cantar (otro gemir).
Pero, vaya, hasta ahora nadie se había quejado de ese trabajo. No lo ha hecho Meg Ryan, que sepamos, de su memorable escena del Katz´s en «Cuando Harry encontró a Sally». De su desmelene (alguien con el pelo corto no lo habría hecho tan bien) para demostrar a Harry que las mujeres fingen (bueno, yo con Billy Crystal fingiría haber muerto antes de llegar a la cama). Cuando Sally termina de gritar sus muchos «god» y «yes», de dar manotazos en la mesa y de despeinarse, pincha ensalada y una señora (la madre de Rob Reiner, el director) pide al camarero «lo mismo que ha comido ella». Tampoco podía quejarse Meg Ryan porque la idea había sido suya (y no de Nora Ephron, la guionista). Aunque las dos primeras tomas fueron tan sosas que Reiner tuvo que hacer de Almodóvar e interpretar él mismo el orgasmo. Pero, vale, tres veces no son treinta y cinco.
Tampoco se ha quejado Jane Fonda de su «Barbarella» condenada como espía a morir en una máquina que liquida a orgasmos. Una mezcla entre vibrador y piano donde la mete el malo Durán Durán y que termina escacharrándose gracias a la resistencia de Barbarella, que se hincha a petites mortes. Es un artefacto mucho más grande que el que prueba Peggy Olson (Elisabeth Moss) en «Mad Men» (en teoría es para adelgazar pero en la práctica funciona como vibrador). Durán Durán, el verdugo de Barbarella, que acaba más despeinado que ella, le suelta al ver su máquina destrozada: «¿Qué clase de mujer eres? ¿No te da vergüenza?».
Eso digo yo, no le da vergüenza a Katherine Heigl quejarse. Y no sólo del trabajo orgásmico, también del normal. Desde hace unas semanas, tanto sus compañeros en «Anatomía de Grey» como los jefazos de la ABC la tienen enfilada. Por tonta. Y eso que ahora mismo no es rubia (en «The Ugly Truth» sí, pero durante la promoción, no). Los Manos de topo cantan que hay que ser rubia por lo menos una vez, pero ella ha decidido el camino contrario.
La peliteñida mema se fue al programa de David Letterman y se quejó de que el primer día de grabación de «Anatomía de Grey», que vuelve el 24 de septiembre, tuvo que trabajar durante 17 horas seguidas. «Lo digo para que se avergüencen». Y se quedó tan tranquila. No sólo porque haya tanta gente sin trabajo. Sobre todo, porque es la responsable de los horarios, que fueron modificados para que pudiera irse de promoción, teniendo al equipo técnico y al reparto haciendo horas extras. Consecuencia: las pausas del rodaje las pasa en su caravana porque nadie le habla. Pero es que se ha convertido en una especie de enemiga pública. Por fumar (Bette Davis se volvería a morir, pero de la risa). Por la jornada de 17 horas. Por lo que sea que haga o diga. Ha pasado de (casi) novia de América a ser una de las mujeres a las que gusta odiar. La rubia de presente moreno es digna de estudio, cosa que ya hizo un artículo en «Newsweek» titulado «¿Por qué es tan irritante Katherine Heigl?». Y encima, va y nombra como modelo a Jennifer Aniston. Su compañero en «The Ugly Truth» es el escocés Gerard Butler, el rey Leonidas de «300», el del agujero. Katherine Heigl es candidata al hoyo. Por quejica. Además, fingir orgasmos no es para tanto. Es peor fingir ser pobre, como la presidenta argentina, que echa la culpa a los ricos de la pobreza de su país. Con un par (ella y su marido). Y ya lo dice la superdotada Sharon Stone: «Puede que las mujeres finjan orgasmos, pero los hombres son capaces de fingir una relación entera». Y eso es mucho más cansado.


