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Pese a los consejos de la ministra de Sanidad, los fieles comulgan en la boca, se dan la paz con la mano y besan las imágenes de sus santos. «Dios está por encima de todo. Nos protegerá del mal»
Los fieles desafían a Sanidad
«Achís», estornuda Cándida. «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», pronuncia el párroco de la Iglesia Nuestra Señora de La Paloma. Comienza la misa. Hora y media por delante para comprobar si los fieles siguen los escrupulosos consejos de la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, para prevenir el contagio de gripe A.
«Más tarde nadie querrá darme la paz, y con razón, porque el acto reflejo ha sido llevarme la mano a la boca; un error en estos días, ¿no? », sonríe Cándida, quien se regala aire con un enorme abanico donde pone «Spain» en mayúsculas. En el templo hace un calor casi infernal; lo nota hasta ella, acostumbrada a climas tropicales. Es de México, país donde se detectaron los primeros casos de la pandemia allá por marzo.
A la entrada de la parroquia hay una pila sin agua bendita. «Está sucia, ya la podían limpiar y llenar», se queja Margarita. Pura recuerda que lleva vacía años, «desde que se empezó a hablar del sida en la tele». A Julio le es indiferente, siempre le ha parecido un sistema poco higiénico: «Metes los dedos en un agua donde antes otros los han zambullido, a saber cómo de limpios, y luego lo mismo te los llevas a la boca». A la hora de dar la paz no tiene los mismos reparos: «Dar la mano siempre, da igual conocidos o extraños, pero besar, sólo a las chicas guapas», bromea delante de su esposa.
Milagros acude todos los viernes a la Basílica de Jesús de Medinaceli y besa los pies del Cristo: «Y a La Paloma la besaría igual si no hubiera tantísima gente. Es terrorífico que no puedas darte la paz con tus amigos como quieras. ¿Qué pasa, qué vamos a ser como robots?».
Eleuterio sí que considera oportunas y prudentes las admoniciones de Trinidad Jiménez. Aunque él, por supuesto, se santigua con agua bendita y la bebe en los sitios santos que visita: «Dios está en todas partes y por encima de todo. Nos protegerá y no habrá ningún mal».
El virus está en todos lados
El virus H1N1 también posee el don de la ubicuidad, según Jennifer, quien comulga sin problemas: «Lo que tenga que ser, será».
Las mismas manos que segundos antes se estrechaban unas con otras, se arremolinan después en torno a un diácono, demandando la sagrada forma que llevan a la boca con un «Amén».
«Si nos viera la ministra ahora nos echaría la bronca», comenta con sorna Susana: «Aunque ella el otro día no predicó con el ejemplo y se dio besos y abrazos con todo el mundo».
José Antonio, que afirma ser muy religioso, no tiene ningún miedo: «Siempre pongo la otra mejilla, para un beso o lo que sea, y la hostia me la introducen en la boca».
Durante las peticiones llega el único momento en el que se alude a la salud. Desde el atril se acuerdan de los médicos «para que protejan la vida desde la concepción hasta el alumbramiento».
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