«¡Fuego, fuego!» En unos segundos las tres mil asistentes al mitin de Hamid Karzai se levantan de sus sillas y se lanzan hacia las puertas de salida del recinto. Empujones, gritos, pánico absoluto en una marea humana fuera de control que está a punto de llevarse por delante a la seguridad personal del mismísimo Karzai al que sacan en volandas del lugar. Unos minutos más tarde el helicóptero presidencial -nada que ver con los viejos M17 soviéticos usados por su gran adversario político, Abdala Abdala- se eleva en el cielo de Kabul y pronto se pierde de la vista de sus seguidores que luchan por salir de la enorme carpa.
Es el epílogo del último mitin del líder favorito para la victoria, según las encuestas efectuadas por organismos internacionales, que cada vez que sale de su Palacio moviliza a un verdadero ejército. Dos horas antes de la cita hay que estar en el lugar en el que un grupo del Servicio de Protección Presidencial cachea uno por uno a los asistentes. «Así son las medidas cuando se trata de recintos pequeños y cerrados donde el contacto va a ser directo», responde uno de los agentes escondido detrás de unas «Ray-Ban».
Entre los asistentes sólo hay mujeres en una jornada que Karzai dedicó a «la figura de las mujeres como madres de la patria».
Liberador de Afganistán
Bajo un enorme cartel que reza «Nuestro camino es el camino de la paz», el que ha sido presidente los últimos ocho años hace su entrada bajo los acordes del himno nacional que retumba de forma estridente desde unos altavoces de gran tamaño colocados en lo más alto de la tienda.
«Las mujeres no participamos en la destrucción de este país, pero tenemos un papel muy importante en su reconstrucción», grita a pleno pulmón la presentadora del evento antes de conceder la palabra a un Karzai que abre su intervención recordando lo duro que fue para él despedirse de su esposa en 2001 cuando abandonó su exilio en la ciudad paquistaní de Quetta. «Si gano las elecciones pediré a los talibanes que dejen las armas y resolveremos nuestras diferencias por medio del diálogo». Carteles de Karzai al aire y gritos de «¡presidente, presidente!».
Sopor y carteles para abanicarse entre las asistentes. La temperatura empieza a elevarse y las regidoras reparten ahora botellines de agua y pegatinas. Cuando todo parece a punto de terminar una mujer se levanta de su asiento y lanza la pregunta más aplaudida de la mañana: «¿Para cuándo una subida de sueldo de las profesoras?». «Lo tendré en cuenta...» antes de concluir la respuesta uno de los flamantes bafles empieza a echar humo.
En esos momentos uno comprende el pánico con el que vive la sociedad afgana. Sólo sirve el sálvese quien pueda y ni la súper protección del Presidente puede evitar que Karzai quede atrapado entre la muchedumbre durante varios minutos. Tan sólo ayer, y mientras Karzai realizaba su mitin, a las afueras de Kabul otras 14 personas morían a causa de dos explosiones en las provincias de Kandahar y Helmand.


