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Pese a que a Juan Antonio González ya le «condecoraron» con sospechas de parcialidad política hace tres lustros, cuando se convirtió en la figura policial de los estertores del felipismo, fue su presencia en la celebérrima cacería, con cena, compartida por Bermejo y Garzón el pasado otoño la que le dejó señalado en la sede del PP como presunto «sabueso» al servicio del Gobierno.
De modo que el partido de Génova ve el protagonismo del jefe de la Policía Judicial en la investigación de la «trama Gürtel» como un baldón en su dilatada ejecutoria, reflejada por primera vez en las primeras páginas de los periódicos hace casi tres lustros, cuando en 1995 viajó a Tailandia para negociar con el legendario capitán Khan la entrega de Luis Roldán. Un enredo con tintes de vodevil (el de los «papeles de Laos») que el por entonces comisario resolvió con éxito y que le granjeó el reconocimiento del ministro del Interior, Juan Alberto Belloch, quien le ascendió a la dirección de la Unidad Central de la Policía Judicial, especializada en operaciones contra el crimen organizado y los delitos económicos. A finales de 2000 fue nombrado jefe superior de la Policía de Murcia, etapa en la que se le ha pretendido vincular (con mucha inquina y ningún fundamento, según quienes le conocen y le califican como «excelente policía») con los manejos de Juan Antonio Roca, el cerebro de la corrupción marbellí condenado tras la «operación Malaya».
Experimentado y profundo conocedor de «la calle», González se curtió al frente de la comisaría de Usera y Villaverde, una de las más «duras» de Madrid. Como premio, se le encomendó la Brigada Provincial de la Policía Judicial, desde donde dirigió la operación de captura de los asesinos de Anabel Segura. Fue una etapa dorada en la que se le llegó a conocer como «superpolicía», sin que nadie le acusara (como ahora) de supuesto exceso de celo con sombras de sectarismo.


