Lunes, 10-08-09
LA banda terrorista ETA está inmersa en una ofensiva de atentados y propaganda que permite temer una actividad de violencia a largo plazo si no hay una respuesta policial contundente. Por desgracia, no hay una interpretación más realista que ésta al comunicado que ayer hizo público el diario «Gara» y a los tres atentados cometidos en Palma de Mallorca, avisados por los terroristas. La gravedad de estos atentados con explosivo no reside en sus consecuencias materiales, que fueron escasas y sin heridos, sino en el hecho mismo de que fueran perpetrados en una isla donde hace menos de dos semanas fueron asesinados dos guardias civiles, en la que se ha desplegado un dispositivo policial extraordinario -la llamada «operación Jaula»- y a la que está mirando toda Europa para medir la seguridad de uno de nuestros principales centros de atracción del turismo internacional. Por si fuera poco, el sellado policial de la isla implicaba un compromiso de respuesta por parte del Gobierno, bien para evitar la fuga de los asesinos de los agentes de la Benemérita, bien para evitar nuevos atentados, que si se produjeran, como ha sucedido, tendrían una repercusión suplementaria.
El apoyo incondicional al Gobierno en la lucha contra ETA y el llamamiento a la unidad nacional y política frente a los terroristas nunca justificarían silenciar las incertidumbres que genera este repunte del terrorismo etarra. La certeza de que el Estado de Derecho ganará a ETA es absoluta. También de que la derrota será tanto más definitiva cuantas menos posibilidades haya de negociación con los etarras, sobre todo después de comprobar, por enésima vez, que ETA no se mueve un milímetro de sus posiciones más tradicionales. Pero quizá el diagnóstico sobre ETA deba matizarse. No parece ser una ETA a la desesperada, ni una ETA enloquecida, sino más bien parece la ETA de siempre la que ayer, en el comunicado a «Gara», se ufanaba de haberse burlado del Ministerio del Interior con el coche bomba colocado ante el cuartel de la Guardia Civil en Burgos. Parece la ETA de siempre la que ha justificado el asesinato del inspector Eduardo Puelles con el repugnante método de hacer a la víctima culpable de su muerte, como tantas veces lo ha hecho en su historia para conseguir que una parte no desdeñable de la sociedad vasca que vota nacionalista mire a otro lado y se diga del asesinado que «algo habrá hecho». Sería un error pensar que esta propaganda de ETA es estéril. Sin duda alguna no recluta a tantos nuevos terroristas como antaño, pero sigue sembrando complicidades tácitas -y no tan tácitas- en el nacionalismo, más aún entre aquellos nacionalistas que siguen temiendo más a España que a ETA, como dijo Joseba Egibar en una frase que retrata la enfermedad moral que ha alimentado a los terroristas.
Es tiempo de respuestas eficaces, en lo político y en lo policial, sin precipitaciones, pero sin dilaciones. El Gobierno se enfrenta a un terrorismo que creyó reconducido después del 11-M, cuando tanto incauto pensó que la matanza perpetrada ese día por unos integristas musulmanes haría desaparecer a ETA. Por tanto, eficacia policial, pero además, política antiterrorista con mayúsculas. La lucha contra ETA se fortalece también con liderazgos. Rodríguez Zapatero debe asumir el suyo como presidente del Gobierno, aunque sea agosto, y si la crisis económica va a merecer un consejo de ministros extraordinario, la ofensiva de ETA requiere, al menos, un gesto similar con los ministerios competentes.

