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El aniversario de la primera gran inyección de dinero en la banca se produce entre signos de recuperación, más tímidos en España
La crisis cumple hoy su segundo año con la esperanza de haber tocado fondo
Hace poco más de dos años, entre muchos sectores económicos aún daba risa mencionar la palabra crisis. La boyante economía mundial no parecía dar síntomas de flaqueza, y aunque el dólar no se encontraba en su mejor momento y el precio del petróleo estaba disparado, nadie creía que el tren de la prosperidad estuviese llegando a su última parada.
La señal de alarma saltó un 8 de agosto de hace dos años. Aquel día, la Reserva Federal inyectó 100.000 millones de dólares en el sistema bancario para garantizar la liquidez del sistema, hito que los economistas consideran como punto de partida de la mayor crisis financiera tras la Gran Depresión.
Las hipotectas «subprime» fueron la primera muestra de que algo iba mal. Estos «juguetes» financieros permitieron a los consumidores obtener créditos desproporcionados con sus sueldos, lo que disparó el consumo e hizo soñar con ladrillos a medio mundo. Todo fue sobre ruedas mientras los bienes inmobiliarios se iban revalorizando, pero llegó el momento en que el mercado se saturó y el precio de las casas empezó a descender, algo que no ocurría desde 1945. Y entonces estalló la burbuja.
Los bancos hipotecarios estadounidenses de alto riesgo fueron los primeros en caer. Las quiebras de entidades de inversión de mediano tamaño como Ownit dieron paso a las estrepitosas bancarrotas, o amagos de ellas, de Lehman Brothers, Northern Rock o la aseguradora AIG. Como un castillo de naipes, las deudas y los impagos fueron ahogando el sistema financiero y obligaron a los estados a intervenir en sus economías, resucitando el espíritu de Keynes. Fue Bush el primero que tuvo que renunciar a sus principios y quien amasó un plan de rescate finaciero de 700.000 millones de euros que la Cámara de Representantes echó por tierra.
Si las «subprime» fueron las semillas de la crisis financiera, quien las hizo germinar fue Alan Greenspan, ex presidente de la Fed. Mantuvo el precio del dinero demasiado bajo durante demasiado tiempo, aprovechando la coyuntura favorable y el engorde de la burbuja inmobiliaria. Ahora se le acusa de falta de previsión y de mirar hacia otro lado mientras los bancos recibían montañas de intereses y Wall Street se beneficiaba de los mejores índices en mucho tiempo. Pero llegó octubre, dejando tras de sí un mes negro en las Bolsas de todo el mundo, con caídas históricas que hicieron reaparecer a los fantasmas del 29.
No se sabe si Greenspan era consciente de la envenenada herencia que le dejaba a su sucesor, Ben Bernanke, lo que está claro es que su gestión desembocó en una tendencia generalizada a introducir mayores elementos de supervisión pública en la economía. Con esta intención se reunieron el año pasado los líderes mundiales del G-20 en Washington y más tarde en Davos. La esperada y deseada «refundación del capitalismo» quedó reducida a una tibia declaración de intenciones que recogía la cooperación frente a las adversidades económicas y una mayor regulación de los sistemas financieros.
Nuestra propia crisis
Y la crisis llegó a España. Lo que parecía una película rodada al otro lado del Atlántico, comenzó a inmiscuirse en las cuentas españolas. A la falta de confianza vertida en los bancos se suma un aliciente más al escenario español, la crisis inmobiliaria.
La economía había gozado de una buena salud sustentada en un modelo productivo basado en el ladrillo. Una fe ciega en que el precio de los pisos no iba a bajar sucumbía ante los ahorros de los inversores, que optaban por la compra y sólo una minoría -un 15%- elegía el alquiler.
Pero esta confianza se tambaleó y las deudas comenzaron a florecer. Lejos quedan las declaraciones del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, de que «el país va más que bien» cuando los indicadores se teñían de rojo. El paro se ha duplicado -del 8% en 2007 hasta superar el 17% - y la inflación ha llegado hasta el -1,4% este mes.
Ante esta tesitura, políticos, empresarios y sindicatos, asustados entre otros fantasmas por el riesgo de la deflación, decidieron emprender el viaje hacia el diálogo social. Tras dos años de posiciones enfrentadas, la ruptura de este plan ha acabado con el compromiso del Gobierno de legislar buscando «el interés de los ciudadanos». Bajo este lema, el Ejecutivo aprobó también el Plan E, un chorro de medidas para capear la crisis, y el FROB, dirigido al saneamiento de cajas y bancos.
Pero no sólo los ciudadanos demandaban ayudas, sino que las entidades financieras también requerían ser rescatadas. La primera víctima fue Caja Castilla-La Mancha, intervenida por el Banco de España ante los riesgos de insolvencia.
Tras dos años de crisis, los brotes verdes que decía ver Zapatero siguen sin aparecer y el grifo del crédito continúa cerrado. Según los principales indicadores económicos, la crisis internacional ha tocado fondo. España, como siempre, es otra película.
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