Lunes, 03-08-09
Las tropas españolas en misión en el exterior siempre han sido territorio amigo para el periodista. En la guerra de Bosnia descubrimos que nuestros militares eran mucho más flexibles, competentes y eficaces que los estirados británicos o los macarras de la Legión Francesa. En Irak siempre contamos con su ayuda por muy crudo que fuese el panorama. He compartido con ellos misiones, risas, sustos, confidencias, alguna paella de domingo, muchas raciones de campaña y algún rato de angustia. Y hoy incluso los malos ratos los recuerdo como buenísimos. Hemos podido tener alguna diferencia por lo que consideraba sus excesos de cautela informativa, pero han sido mis aliados, mis amigos y mis maestros en malas tierras.
De ahí mi estupor cuando recientemente un periodista me comentó que, cuando va a Afganistán, encuentra muchas más facilidades en cualquier Ejército del mundo antes que en el español. Él, a título personal, prefería recurrir a los estonios antes que a nuestros compatriotas, que no le ponían más que dificultades. Ya me había chocado que en Kosovo hubiese que echar instancia para visitar a las fuerzas españolas. Y que, al final, todas nuestras reverenciales instancias fuesen rechazadas. En mis tiempos bastaba con identificarse junto a la puerta. Ahora, por lo visto, las tropas estonias están bastante más orgullosas de su trabajo que las nuestras. El Ejército español ha dejado de ser un aliado para el enviado especial en tierras de dificultad. Ya sabemos que Afganistán no es Disneylandia. Que las tropas no son agasajadas con guirnaldas de flores. ¿Qué tienen que ocultar entonces? Nada. Sólo se trata de la presunción de que un periodista puede causar más daño político que un talibán. Que es más sencillo trabajar sin la Prensa dando la lata. Injusta presunción que tampoco hace justicia a la profesionalidad de nuestros soldados.

