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Domingo, 02-08-09
VARIOS sucesos dramáticos relacionados con jóvenes y adolescentes han suscitado una lógica inquietud en la opinión pública. Mientras se plantea desde muy diferentes sectores la necesidad ineludible de un pacto por la educación, la sociedad española debería reflexionar a fondo sobre los valores que la familia y la escuela transmiten a las próximas generaciones. Ante todo, es obligado analizar las causas y no dejarse llevar por el impacto emocional que provocan esos actos violentos. Conviene también mantener el equilibrio a la hora de atribuir las responsabilidades, porque los crímenes de unos pocos no deben servir para culpabilizar en bloque a todos los jóvenes. El problema reside en el mensaje que recibe un sector social lógicamente inmaduro y carente de experiencia vital. Nuestra sociedad ha vivido una época de prosperidad sin precedentes, atenuada ahora por la grave crisis económica, acompañada de una ideología basada en el consumo hedonista y la justificación del éxito a toda costa. Es verdad que muchos jóvenes atienden también con gran generosidad las llamadas a la solidaridad y a la cooperación con los más débiles. Sin embargo, entre los menos afortunados por causa de su ambiente social o de las crisis familiares se extiende un deseo de autoafirmación a base de dinero y disfrute de la vida que degenera en algunos casos en la droga, el alcohol o incluso -como ha sucedido recientemente- en las agresiones sexuales.
Se ha denunciado con frecuencia la falta de disciplina y la violencia -real o latente- en las aulas, así como la primacía de una «ley del mínimo esfuerzo» que impide a los docentes mantener un nivel razonable de exigencia para los alumnos. El fracaso escolar es la manifestación más llamativa de esta crisis educativa, pero no hay que olvidar otros como la falta de motivación, el desencanto ante la vida o incluso los complejos psicológicos que provoca una deficiente integración escolar. Tampoco se reconoce siempre como merece el mérito de los mejores, y muchas veces quienes promueven valores positivos -sean éticos, religiosos o sociales- se sienten poco apoyados y prefieren no destacar en un ambiente dominado por el espíritu gregario. Tampoco las familias cumplen con eficacia su misión básica para lograr la estabilidad emocional de los hijos. El paro, las rupturas matrimoniales o la propia complejidad de la vida moderna son factores que inciden en la imagen del mundo que reciben los niños y adolescentes.
La filosofía del «todo vale», el relativismo ético y otros fenómenos ligados con la llamada «posmodernidad» son el caldo de cultivo de muchos comportamientos que sólo llegan a la opinión pública cuando se traducen en delitos violentos. Por tanto, la clave reside en transmitir desde las instancias pertinentes los mensajes adecuados, otorgando al trabajo y al esfuerzo personal el lugar que les corresponde en la formación de una personalidad madura. Los jóvenes actuales no son por sí mismos ni mejores ni peores que en otras épocas, pero se ven influidos por un ambiente hedonista en el que los mayores no siempre han sabido asimilar el salto -a veces precipitado- a una relativa prosperidad que algunos imaginan erróneamente como un derecho adquirido para siempre. Esa extendida «cultura» de los derechos sin obligaciones genera consecuencias psicológicas muy negativas, ya que impulsa a los menos preparados a pensar que todo está a la alcance de la mano y no hace falta trabajar para conseguirlo. Cierto tipos de héroes violentos, jaleados por el cine y la televisión, se muestran a veces implacables hacia los débiles y transmiten así una sensación de disfrute con el sufrimiento ajeno. Pero todavía arraiga la idea de que es inútil practicar las virtudes positivas, lo que favorece una perversión psicológica que saca a relucir las peores tendencias de la condición humana. Es imprescindible corregir estos enfoques en el ambiente escolar y familiar y en los medios de comunicación. Por todo ello, la educación en valores positivos es a día de hoy una necesidad social urgente.
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