Sábado, 01-08-09
EN Il mestiere di vivere -ese viaje sin retorno a los abismos del dolor y la clarividencia-, Cesare Pavese dejó escrito que no existe más verdad que la que dictan los recuerdos. Al alzar el telón de «La otra vida», Jiménez Losantos se ha reencontrado con la lírica luego de muchos años de encarnarse en la épica. Ha vuelto a zambullirse en sus adentros, ha recorrido a tientas el hondón primigenio, ha simultaneado el oficio de vivir con el mestiere di poeta. Ha cuajado un gran libro, en resumidas cuentas, viajando a través de lo pequeño. Eternizando lo fugaz, prestando voz al eco, taraceando destellos diminutos con la exquisita honestidad de los orfebres. Todo es memoria en estos versos limpios, ayunos de alharacas estilísticas y ropajes solemnes. Y todo es verdad, por tanto, según las enseñanzas de Pavese.
Al conjugar en pretérito perfecto la inane verborrea del presente, el tiempo se convierte en un espejo en el que -abocetada, humosa, incierta- se adivina una imagen que se nos parece.«Mañana de diciembre:/ aguardo el verso/ que revele su misterio». Pirueta funámbula entre el milagro y el secreto, la poesía es fruto de una iluminación abrumadora o una larga paciencia. Jiménez Losantos (un sentimental impenitente, predestinado a amar y odiar con la misma fiereza) ha sujetado las palabras por las riendas en vez de picar espuelas. La inspiración, cuando no es un camelo, es una disciplina ascética que exige estar a la escucha y a la espera. «Baja del monte al río, ocupa el pueblo/ y aguarda en la puerta de las casas./ El pasado no suele anunciarse».
No es el resplandor, sino la pátina, lo que otorga sentido a un balbuceo: «Como una madre que dejara/ la luz del pasillo encendida,/ la luna llena, ésta noche». Ocurre entonces que la vida -«La otra vida»- pasa a pertenecernos. Nuestras son las tinieblas y los miedos son nuestros. Y el silencio de antaño, y el asombro de estreno, y la inmensa piedad que encierra un simple gesto. El niño sigue ahí, encallado en el sueño, buscando un asidero al que aferrarse, una covacha en la que guarecerse. Negándose a aceptar que las reglas del juego las determinan el azar y la tristeza. «Llueve porque hoy debía llover/ y aliviar la pena de la tarde./ Del que mira, del que pasa».
«La otra vida» agavilla una selección de haikus (de la nieve, del agua, de la luz y de la niebla) compuestos a lo largo de dos años y medio en comandita con la naturaleza. El haiku (una estrofa tan breve que acaba a la de tres, casi antes de dar comienzo) se ha transformado en el código global de la poesía japonesa y, por extensión, de la métrica de oriente. Es obvio que la elección del molde, ya de por sí, se erige en manifiesto. Intenso y distanciado, huidizo y perenne, el haiku es la expresión de la humildad y no la coartada del ingenio. Apenas un murmullo, un rumor que aletea en la beatitud del pan caliente, en inviernos diáfanos e inciertas primaveras, en la pluma del humo caligrafiando el cielo, en el alud de espuma que reviste las rocas con encajes flamencos, en los chopos que alertan de la otoñada en ciernes, en el primer escalofrío, en el sol que flaquea.
La trama de «La otra vida» es el temblor hospitalario, el enigma desnudo, la despojada quintaesencia. Y Jiménez Losantos no vacila al aplicarse el cuento: «Mi vida/ es un pequeño poema/ que empieza por el final». También el desvivirse es un problema de talento.

