Viernes, 31-07-09
MUCHAS veces, a lo largo de estos últimos cincuenta años, he experimentado una misma inquietud a la hora de enfrentarme al trabajo informativo: ¿no estaremos hablando de ETA en demasía? Por supuesto, no tengo intención alguna de postular el silencio. La información es vivificadora para la sociedad y pertenece a los ciudadanos que son, al tiempo, sus generadores y receptores. Nadie podría arrebatársela. El derecho a conocer lo que pasa alrededor es esencial para la inteligencia cívica; pero, ¿no habría que ensordecer, no silenciar, la crónica de las andanzas de una banda asesina y chantajista que ha hecho oficio de la contestación al Estado y le disputa a éste el monopolio de la violencia? ETA es una de nuestras enfermedades crónicas.
ETA nació hace cincuenta años en un día como hoy, festividad de San Ignacio de Loyola. No nació en una sacristía como algunos han repetido con interesada machaconería, sino que lo hizo en una cafetería y, como bien precisa Jon Juaristi, «representaba la continuidad de un vasquismo republicano, democrático y laicista con raíces históricas en el federalismo español». Después, un par de años más tarde, comenzó la «lucha armada». Ahí conocimos su existencia y empezó a hervir un caldo ponzoñoso en el que se nutre el monstruo que, como corresponde a su maligna y ambigua naturaleza, crece con más interés demoledor que constructivo.
Ahora ETA, entre bomba y bomba, maneja la imagen de sus presos y trata de animar sus mermadas filas con la invención de un martirologio impostor. El rigor no es lo suyo, pero quien está convencido de antemano no necesita mucho sermón para alcanzar el fervor que requiere la colaboración con la banda. Tiene a su favor una victoria principal, la del lenguaje. El único avance etarra en este medio siglo, que no es menor, reside en haber secuestrado el lenguaje castrense para dignificar sus miserias, y todos tendemos a utilizarlo.
En el calor de una parte significativa de la sociedad vasca bulle todavía el ponzoñoso caldo que alimenta la vesania etarra. Se ha enriquecido en estos años con más de ocho centenares de muertos inocentes con los que sus asesinos creen demostrar su potencia y, por el contrario, certifican la inviabilidad de un «movimiento», rotundamente fascista, que si en su origen, contra la Dictadura, pudo tener algún sentido, ya carece por completo de justificación y potencialidad.

