El abuelo fue guardia civil. El padre, también. Durante 18 años vivieron en el segundo piso del edificio siniestrado el miércoles en Burgos. Al jubilarse, no se fueron muy lejos. A cien metros, en la misma calle. Dos portales más abajo de «su cuartel, su barrio» que, «a pesar de lo ocurrido, no cambiarían por nada».
No quieren dar nombres. Son una de las muchas familias de la Guardia Civil para quienes su trabajo es una forma de vida. Describen el día a día en el cuartel como el de una «gran familia» donde se conocen todos. Las dos hijas han crecido aquí y al jubilarse su padre no querían irse a otro lado. Así que como otros agentes retirados, buscaron piso en el Parque de las Avenidas, contiguo a la casa cuartel.
A las cuatro de la madrugada toda la familia dormía cuando se oyó la explosión. «Literalmente fue como una bomba. Yo lo tenía claro desde el principio», asegura el padre. Casi no les había dado tiempo a reaccionar cuando sonó el timbre con la Policía avisando para desalojar.
Los del edificio de al lado todavía no han podido volver a sus hogares. Ellos han tenido suerte. Las persianas, los baldosines de la cocina y algún otro desperfecto. «Afortunadamente hacía calor y teníamos las ventanas abiertas». «Nos han dicho los bomberos que eso ha evitado muchos daños». Lo cuenta aliviada la hija mayor mientras muestra sobre una fotografía de prensa el lugar donde estaba su habitación en la casa cuartel. Ahora es un agujero. «No sé qué hubiera pasado de haber estado allí. Creo que los que viven ahora estaban de vacaciones. Ha sido una suerte para todos».
Sólo de pensarlo, a la madre se le llenan los ojos de lágrimas. «En el lado en el que pusieron la bomba están las habitaciones. Querían matar a las familias, a los niños, pero no lo han conseguido. Que no haya muerto nadie ha sido un milagro de la Virgen del Pilar». A pesar de todo se muestran rotundos. «De aquí no nos van a echar. Es nuestro barrio, yo sigo diciendo que vivo en el cuartel porque me sale así, estamos al lado».


