Trágica quiebra de la placidez estival de sol y playa. Minutos después del salvaje atentado que costó la vida a los guardias civiles Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salvá, existía aún mucha incredulidad en el municipio de Calviá y en el resto de la isla sobre la posibilidad de que ETA hubiera dejado su criminal huella en Mallorca. La temporada turística está en su punto más alto y ni los mallorquines ni los veraneantes estaban preparados para más sobresaltos que los habituales de las aglomeraciones en el aeropuerto o los incidentes de discoteca. «Nadie pensaba que podría haber un atentado aquí», afirmó una vecina que vive en la zona, conmocionada por los atroces asesinatos. Todavía sobre las dos y media se hablaba de que parecía que había habido una explosión, y se pensó en algún altercado en una instalación eléctrica (siniestro que se ha vivido en ocasiones) pero hasta pasada casi una hora no empezó a cobrar fuerza la idea de que la banda terrorista había atentado de nuevo en Baleares, por primera vez desde 1991, cuando había hecho explotar un coche bomba en las antiguas viviendas militares ubicadas en Palma de Mallorca.
En Calviá estaba teniendo lugar el pleno ordinario del mes de julio, el último antes de las vacaciones de agosto. Durante el transcurso de la sesión plenaria, un agente de la Policía Local entró visiblemente afectado en el Consistorio e hizo gestos al concejal de Seguridad Ciudadana, Bartomeu Bonafé, de que algo muy grave había ocurrido. Instantes después, el alcalde, Carlos Delgado, suspendía el pleno y confirmaba que había habido un atentado, con dos víctimas mortales.
Al ser Palmanova uno de los núcleos turísticos más importantes del archipiélago balear, en los numerosos hoteles de la zona se quería transmitir una sensación de absoluta normalidad y de control de la situación, un elemento importante para aminorar las repercusiones de estos hechos en el turismo. Pese a ello, nada más confirmarse el atentado, hubo varias familias que decidieron abandonar en ese mismo momento la isla. Otros turistas seguían por televisión cómo desde los principales canales ingleses y alemanes se informaba ya de lo que había ocurrido en uno de los enclaves mediterráneos preferidos en esos países.
Mientras tanto, agentes de la Guardia Civil iban recorriendo los distintos establecimientos para saber si alguna persona había visto algo sospechoso a lo largo de la mañana. «Nada más escuchar la explosión, supe que había sido una bomba», dijo una dependienta de un comercio. Otros agentes inspeccionaban minuciosamente los yates y barcos anclados en el puerto.
En las principales autopistas y carreteras de Mallorca se vivió una situación inédita, la de numerosos controles policiales en diferentes puntos, que provocaron atascos de importancia en distintas zonas.
Junto a los sentimientos de pesar, tristeza, nerviosismo e incredulidad, se apreció también, desgraciadamente, un comportamiento indiferente en muchas personas, que siguieron jugando o nadando en la playa como si nada hubiera ocurrido. Pero sí había ocurrido: un atentado criminal de ETA y las dos primeras víctimas mortales de la banda terrorista en Mallorca.

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