
Los Reyes de España estuvieron de viaje oficial en Marruecos por última vez en enero de 2005. En la foto, Don Juan Carlos y Mohamed VI por las calles de Marraquech | LUIS DE VEGA
Felicitación de Don Juan Carlos por sus diez años en el trono
Mohamed VI volverá a escenificar con la ceremonia de la «Beia» (sumisión), de corte medieval, su poder absoluto cuando los súbditos le rindan pleitesía a su paso a lomos de un caballo. Con motivo del décimo aniversario de su llegada al trono, Mohamed VI ha ordenado que salgan de la cárcel 16.000 condenados, y a otros 8.700 les ha reducido las penas. Además, ayer nombró a Mohand Laenser, secretario general del opositor Movimiento Popular (MP) bereber, como nuevo ministro de Estado sin cartera, un puesto clave en su gobierno.
El soberano ha recibido distintos mensajes de felicitación, entre otros del presidente argelino, Abdelaziz Buteflika, y del Rey Don Juan Carlos. El monarca español, que se considera en su texto «buen hermano y amigo leal» de Mohamed VI, aplaude el «ambicioso programa de modernización y desarrollo» llevado a cabo en esta década.
De los tiempos de Aznar a los de Zapatero media un abismo en Marruecos. De las agrias relaciones bilaterales salpicadas de crisis se ha pasado a la sonrisa perpetua y a la ausencia sistemática de críticas hacia el reino alauí.
Mohamed VI, que celebra hoy la fiesta de su décimo aniversario en el trono, acepta de buen gusto tener en Madrid lo que algunos consideran un gobierno a su medida. «Nunca Mohamed VI montaría un Perejil a Zapatero», ha llegado a afirmar orgulloso un funcionario español.
Efectivamente, en el guión actual no parece caber una provocación como la orquestada en el islote por el soberano el 11 de julio de 2002, la víspera de la celebración de su fiesta de matrimonio con Salma Bennani. Al evento no asistió ni un solo representante de las autoridades españolas, incluida la Familia Real.
Tras la victoria socialista, el ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, defenestró al diplomático Fernando Arias-Salgado y colocó al político Luis Planas en la Embajada en Rabat. Cinco años después y superado algún que otro resbalón e intento de sustituirle, Planas es el principal engranaje en Marruecos de esas nuevas relaciones contrarias a toda confrontación.
La tensión de antaño pareció quedarse sin gas incluso durante los viajes oficiales de Zapatero o los Reyes a Ceuta y Melilla por las reivindica ciones de las dos ciudades, menos agresivas pero aún en pie.
Curtidos tras los atentados
Madrid y Rabat quieren aprender a convivir con la espada de Damocles que supone el terrorismo islamista. Los atentados de Casablanca de 2003 y los de Madrid de 2004 les han curtido.
La apuesta de España es indudable. Ha multiplicado sus ayudas en cooperación al desarrollo, los intercambios comerciales han crecido, el Instituto Cervantes ha abierto en Marraquech su sexta sede en el país magrebí, hay mayor contención de la emigración clandestina, la cooperación judicial y policial es más estrecha y Madrid, a las puertas de la presidencia española de la UE en 2010, es el principal valedor de Rabat en Bruselas.
Pero el que puede considerarse como el «pelotazo diplomático» de los últimos años es el apoyo de Zapatero al plan de autonomía de Mohamed VI para el Sahara. La ex colonia española sigue siendo la principal preocupación del reino en política exterior.
Que Rabat impidiera entre 2005 y 2006 la entrada en El Aaiún, capital de la ex colonia, de más de una docena de delegaciones españolas no sorprendió tanto como que Madrid guardara un silencio cómplice sin una sola nota oficial de protesta.
España mantiene de cara a la galería el tradicional discurso de la solución acordada bajo los auspicios de la ONU, y recuerda de vez en cuando con la boca pequeña el derecho de autodeterminación de los saharauis. Eso no ha impedido abrazar el plan del monarca alauí. Madrid considera hoy poco práctico y engorroso apoyar la vía del referéndum tal y como prevé la ONU.
A micrófono cerrado, algunos funcionarios españoles no ocultan que ésa es la opción elegida, aunque es una difícil pirueta la de vestir de legalidad lo que supone un bofetón al Frente Polisario. Los marroquíes, con Mohamed VI al frente, están encantados.




