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Jueves, 30-07-09
FEDERICO MARÍN BELLÓN
Los guionistas americanos acuñaron hace años la expresión «tensión sexual no resuelta» para referirse a la relación entre dos o más personajes que se sienten irremediablemente atraídos pero no terminan de ceder nunca a sus pasiones, altas o bajas. Dos notables ejemplos son los de Mulder y Scully en «Expediente X» y los de Cybill Shepherd y Bruce Willis en «Luz de luna».
En realidad, fue la mona Chita (y no Shakespeare) la precursora del invento. Desde su primer encuentro con Maureen O´Sullivan saltaron chispas, como revelan ahora las memorias supuestamente apócrifas del chimpancé. No dejaban de ser dos hembras en competencia directa por el macho más vistoso y casi único de la manada. En su duelo desigual, la buena de Jane llegó a practicar el top-less e incluso nos ofreció un acuático desnudo integral de cuatro minutos de duración. En «Tarzán y su compañera» (1934), segunda película de la saga, la compañera del hombre mono (rebautizado en nuestro país, más monárquico, como rey de los monos), se quita hasta la diadema en un inolvidable chapuzón que la Legión Católica de la Decencia birló a su pecador público. Lo de menos es que las imágenes «de riesgo» fueran rodadas por una campeona olímpica de natación. Lo importante es que en 1990 las escenas mutiladas fueron halladas en los sótanos de la Metro.
En sucesivas entregas, el rígido código Hays por el que se regía la censura acudió en auxilio del simio y sustituyó el sexy antecedente del bikini que portaba una esplendorosa O´Sullivan por el atuendo de una pieza, mucho más recatado pero menos práctico para saltar de liana en liana, no digamos en otros sitios. Al final, Chita, que nunca tuvo que tapar sus vergüenzas, no sólo se llevó a Tarzán al agua (en seria disputa con un cocodrilo), sino que sobrevivió a todos sus compañeros de reparto. Hasta hoy.
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