Domingo, 26-07-09
ESTA próxima semana, el día 31 de julio, festividad de San Ignacio de Loyola, ETA cumplirá cincuenta años, un aniversario que ha coincidido con la definitiva ilegalización de una de sus organizaciones subalternas, Acción Nacionalista Vasca, fundada en 1930 por disidentes del PNV y republicanos federalistas. Bajo la II República, ANV fue un partido democrático y un tanto ambiguo en su definición (algunos de sus dirigentes se proclamaban independentistas y otros soñaban con una república federal española), que hasta 1936 no comenzaría a mostrar inclinaciones izquierdistas. En los años sesenta, la ANV del exilio fue infiltrada por militantes de ETA y se sumó a la estrategia de frente nacional auspiciada desde esta última organización, rompiendo así con la línea de apoyo al gobierno republicano que había mantenido desde su integración en el Frente Popular (entre 1938 y 1946, ANV estuvo representada en los sucesivos gabinetes de Negrín por un ministro sin cartera, el arquitecto Tomás Bilbao). No deja de resultar significativo, sin embargo, que uno de los fundadores de ETA, precisamente el que dio nombre a la criatura, Julen Madariaga Aguirre, fuera hijo de uno de los fundadores de ANV, Nicolás de Madariaga Astigarraga, y éste, a su vez, del dirigente histórico de los republicanos federales bilbaínos, Ramón de Madariaga Azcuénaga. El lema original de ETA, «Patria y libertad», sobre el que se acuñó su nombre eusquérico, Euskadi ta askatasuna, es el mismo que adoptó ANV, tomándolo de los federalistas vascos de la Restauración, que, por su parte, se lo habían copiado a Rizal y a los insurgentes filipinos.
No todo era, por tanto, original en la ETA de 1959. En un aspecto, al menos, representaba la continuidad de un vasquismo republicano, democrático y laicista, con raíces históricas en un federalismo español del que había sido un destacado exponente, en el ámbito vasco, el joven Miguel de Unamuno. No pocos miembros de la primera generación de ETA se formaron en la lectura voraz de la obra unamuniana y publicaron ensayos sobre la misma. Una revisión de la ETA de los primeros años depararía, en tal sentido, bastantes sorpresas. Por ejemplo, el marxismo y el culto a la violencia no aparecen por parte alguna. Sus fundadores se consideraban cristianos, existencialistas e incluso seguidores de Ghandi. El único elemento que marcaba una diferencia clara entre ellos y los militantes del Felipe, por ejemplo, era el nacionalismo, pero esta diferencia llegaría a hacerse decisiva, arrastrando a los de ETA hacia el terrorismo. No sin resistencias internas, que originaron convulsiones y fracturas a lo largo de su primera década de existencia. En vísperas del consejo de guerra de Burgos (diciembre de 1970), la mayor parte de los militantes de ETA se había deslizado hacia posiciones muy afines a las de los procedentes del Felipe y de la generación española del 68, de la que, evidentemente, formaban parte.
Otros grupúsculos del franquismo tardío produjeron fenómenos aislados de violencia terrorista, como los de la ETA de los últimos años sesenta, pero no un terrorismo sistemático. Ni siquiera el GRAPO alcanzó ese nivel. Si ETA derivó, ya en los setenta, hacia la práctica continua y creciente del terror, no fue sólo por su evolución ideológica hacia el leninismo, sino por simbiosis social con una comunidad nacionalista que había resurgido al conjuro de sus primeros atentados. A la extrema izquierda o a la extrema derecha les faltó un apoyo social que ETA tuvo en forma de permisividad o de complicidad activa del nacionalismo vasco en su conjunto.

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