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Aquella Semana Trágica
ABC Una de las calles que desapareció con las obras de Via Layetana
Domingo, 26-07-09
SERGI DORIA
BARCELONA. Cien años de la Semana Trágica que hizo de Barcelona «la ciutat cremada». La revuelta contra la arbitraria llamada de reservistas catalanes para la guerra de Marruecos dio paso a un odio anticlerical que ya prendió la hoguera el día de Sant Jaume del 1835 y que culminaría en otro julio, de 1936.
Proliferan los libros para contrastar aquellos sucesos: los clásicos «Maragall i la Setmana Trágica», de Josep Benet (62) y «La semana trágica», de Joan C. Ullman (Ediciones B); «Set dies de fúria» (Columna), de Antoni Dalmau, la novela «Barcelona tràgica», de Andreu Martin (Ara Llibres) y la biografía novelada de Ferrer Guardia, por Julián Granado en «De Humanidad y polilla» (Anagrama).
Película de los hechos
Veamos la película de los hechos. El hastío popular ante el envío de reservistas al matadero rifeño estalla el 26 de julio. Pequeños grupos recorren talleres, fábricas y ateneos animando al paro general. Por la tarde se paraliza el servicio de tranvías y se contabilizan nueve guardias heridos y tres muertos entre los huelguistas.
El 27 de julio se desata la orgía incendiaria en los Maristas de Pueblo Nuevo. Con los adoquines se forman barricadas y espesas columnas de humo se alzan sobre Barcelona. Arden la iglesia de San Pablo y los Escolapios de San Antón.
Los enfrentamientos entre los revoltosos y el ejército prosiguen el 28 y el 29. Monjas y frailes buscan refugio y la escasez de productos de primera necesitad se hace notar. Las calles quedan a oscuras al caer la noche por la falta de suministro de gas, lo que hace todavía más espeluznante la visión de las llamas. En el Clot y Sant Martí, los revoltosos se enfrentan a unidades de artillería y los guardias protegen el convento de las Concepcionistas de otro incendio.
Los días 30, 31 y 1 los incidentes van a menos: los periódicos retornan a los quioscos de la Rambla y los carros de reparto suministran víveres. Las primeras cifras oficiales arrojan 3 muertos y 27 heridos entre las fuerzas del ejército y 75 cadáveres y más de cien heridos entre los paisanos.
El archivo fotográfico dejará para la posteridad las barricadas de Ros de Olano, en Gracia: fue el único barrio que se enfrentó al ejército y no atacó las iglesias. Entre las imágenes macabras, tumbas de religiosos profanadas, historias sobre extraños rituales de tortura conventual, jardines repletos de ataúdes y momias recostadas en las fachadas...
La represión no se hizo esperar: el carbonero Ramón Clemente, que bailó con el cadáver de una monja, fue fusilado y Francisco Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Moderna, detenido por el somatén de Alella. El gobierno le tenía fichado desde 1906, cuando uno de sus alumnos, Mateo Morral, atentó contra Alfonso XIII.
La memoria de Maragall
En la memoria, también, las palabras de Joan Maragall de octubre de 1909, el mes en que fusilaron a Ferrer en Montjuïc. Expresa el sentimiento de una burguesía católica y catalanista desbordada por la realidad social: «Contra la guerra: està bé; contra el poder que arranca de la llar al fill o al pare per a dur-lo a morir per una causa que pot ésser justa i noble dintre d´una raó fondament nacional o diplomàtica, però que no és popular, que és remota a la comprensió del poble, i que en la realitat del seu sentiment és una atrocitat inexplicable; i el poble s´hi resisteix, se revolta: primer morir en la revolta justa que deixar que els seus morin per un arbitri del poder o per conveniencia d´altri. Està bé; o, al menys, s´explica. Però qu_ tenen que veure amb això els incendis i les profanacions i les rapinyes i l´assassinar gent indefensa o bé insultar-la, i destruir instituts de caritat i d´ensenyança, i temples que res ofenen, i l´obstinar-se després en una est_ril alarma?»
En «Ah! Barcelona...» Maragall ilustra la contradicción de un catalanismo que critica al mismo Estado al que habrá de pedir ayuda para sofocar la lucha de clases de esa Barcelona conicida internacionalmente como la «Ciudad de las Bombas» y «La Rosa de Foc».
Burguesía sin autocrítica
Sus escritos en «La Veu de Catalunya» incomodan al burgués; las galeradas tardan semanas en ver a luz, o acaban en un cajón para no publicarse jamás, como hizo Prat de la Riba con su artículo «La ciutat del perdó». Maragall no comulga con la simplificación. No cree que toda la culpa sea del radicalismo lerrouxista, como sostiene el catalanismo. «No em vingueu amb allò de que els que fan mal són forasters, perqu_ llavors us hauria de dir que major infamia que en fer-lo hi ha en sofrir-lo. Doncs, deixem-ho còrrer: som nosaltres». Maragall exige un adarme de autocrítica: «De mosques, mendicants, escombraries, pols i bullangues en tenim poc més o menys el que ens pertoca; però la bomba i el renec són l´excel.l_ncia nostra».
El escritor murió dos años después, pero su vaticinio fatalista se confirmaría en 1919, otra primavera con estado de guerra y los últimos coletazos de la gripe española. 1919 es la huelga de La Canadenca y el lock out patronal contra la jornada de ocho horas. Pistoleros del Sindicato Libre y cenetistas a tiro limpio por las calles. 1909, 1919, 1939... La prueba del nueve. Trágicos guarismos.
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