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Entre el segundo Tour de Contador y París sólo media el Mont Ventoux. El líder y el «Gigante de Provenza» tienen cita para hoy. El mejor final: juntos el número uno del mundo y el puerto más cruel. La cuesta blanca. La que enloqueció a Kubler, que, turbado, dio media vuelta y pedaleó en sentido contrario. La que asfixió a Merckx: «¡No puedo más. Tengo fuego en el pecho!», gimió el belga en la cima tras desplomarse. Merckx atemorizado.
Miedo a acabar como Simpson, el campeón del mundo fallecido allí en 1967, en el lugar donde hoy le recuerda un monolito. Sepultura de piedra. Allí cayó por tercera y última vez. Sin aire en la luna de Provenza. Muerto en combate, con su munición de anfetaminas en la sangre. Hoy, por decimocuarta vez, el Tour sube al Monte de los Vientos. A rendir homenaje a Contador. «No es un puerto que me guste para atacar. Pega demasiado viento. Pero eso mismo me puede beneficiar ahora. Si no tengo un buen día, podré ir a rueda», dice. A rueda de los Schleck, que tratarán a dúo de bajar a Armstrong del podio. Esa es la única duda que le queda al Tour. El resto se llama Contador. «Este Tour lo saborearé dos veces». Doble victoria: líder de todos y líder del Astana, el equipo de Armstrong.
Contador ya tiene la carrera entre las manos. Ahora que todo es a crédito, él la ha ganado al contado. A golpes: en Arcalís, en Verbier y en la contrarreloj de Annecy. Falta el desfile por el Ventoux. «Me gustaría que Lance mantuviera su plaza en el podio», apunta. «Le daría prestigio». Quiere la foto del americano un escalón por debajo. Imaginarlo le hace sonreír. «¿No teme al Ventoux?», le preguntaron. «No. Respeto. Miedo, nunca». Y eso que ayer frenó en el tramo final de la etapa. Perdió cuatro segundos para evitar riesgos. «Había mucho peligro». Frenar es el lujo del líder: distancia en más de cuatro minutos a Andy Schleck y en cinco y medio a Armstrong, Wigging y Kloden. Frank Schleck está casi a seis. Contador corre ya con la cabeza vuelta hacia atrás. Mirando a todos desde la primera plaza. Suya. La que viste de amarillo.
Ayer no era un día para él. Era la etapa de los desesperados. Los que no han ganado nada. Evans, por ejemplo. El ciclista introvertido, depresivo. Buscó consuelo en una escapada masiva: con Millar, Popovych, Kirchen, Arrieta, Arroyo, Barredo, León Sánchez... Luego llegaron Rubén Pérez, más Benatti y Roche. Dos enemigos. Bennati había jurado en la etapa de Besançon que Roche no ganaría nunca en este Tour. El hijo del antiguo vencedor de la Grande Boucle se negó a dar relevos aquel día. Bennati no salió ayer a por la victoria, sino a agarrar del pescuezo a Roche. El final del Tour es siempre así. De cuentas pendientes. En cualquier caso, ninguno de ellos tuvo opción. Casi siempre es demasiado largo el camino de las fugas.
Detrás, el Rabobank de Freire y el Cervélo de Hushovd apretaron para deshacerse de Cavendish en el puerto de Escrinet. «Mi meta estaba en la cima», confesó Cavendich. Así fue. El sprint, quince kilómetros más allá, era suyo. El quinto triunfo, como Armstrong en 2004. Novena victoria del británico en dos Tours.
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