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Miércoles, 22-07-09
LOS últimos datos sobre la industria turística han activado las alarmas: hasta el pasado 30 de junio, la entrada de visitantes extranjeros se ha reducido en el 11,4 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior. Como es lógico, esta caída tiene especial incidencia en los mercados más relevantes, como el británico, que presenta un descenso del 16,3 por ciento. Las expectativas no son mejores para los meses de julio y agosto, periodo de temporada alta, aunque el desplazamiento de viajeros nacionales puede compensar parcialmente la ausencia de extranjeros. La crisis pasa factura a un sector vulnerable a la coyuntura económica que debe hacer frente a la situación con una política adecuada de ofertas y promociones que se adapten a la nueva realidad. Está claro que las clases medias en los países desarrollados quieren seguir disfrutando de unas necesarias vacaciones, pero es preciso motivar al consumidor con tarifas razonables, alicientes para las familias o fórmulas flexibles para los viajes combinados.
España es una gran potencia turística, pero nadie puede dormirse en los laureles porque la crisis aprieta y la competencia es cada vez más fuerte. El tópico del «sol y playa» debe completarse con otros géneros de turismo destinados a clientes con mayor poder adquisitivo y con posibilidad de adaptar sus viajes a épocas distintas del veraneo clásico. El arte y la cultura, el deporte, la gastronomía, los parajes naturales o el aprendizaje de una lengua de dimensión universal son facetas muy atractivas para los visitantes extranjeros siempre que se promocionen de forma adecuada. En este sentido, el mensaje tiene que ser armónico y gestionado por los órganos competentes del Estado frente a la dispersión autonómica que tiende a gastar mucho dinero en campañas de dudosa eficacia. El desarrollo de rutas temáticas, la promoción de las zonas del interior y otras ofertas imaginativas permitirían paliar la crisis actual y sentar las bases del futuro. En todo caso, hay que hacer un esfuerzo para modernizar determinadas instalaciones y prestar servicios de calidad, dirigidos en particular a los visitantes que no se conforman con un baño en el mar y una copa en la discoteca. Si se aprovecha la circunstancia, la crisis puede servir de punto de inflexión para un acuerdo general entre los diferentes poderes públicos y el sector turístico que permita abrir nuevos cauces a una actividad fundamental para la economía española y también para la imagen de nuestro país en el mundo.
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