
ERNESTO AGUDO
Martes, 21-07-09
PUDO ser intérprete en Babel. Entre otros dones, tenía el don de las lenguas y hablaba y escribía todos los idiomas conocidos, incluso los que sólo conocía él. El azar, o el destino, o el carácter, vaya usted a saber, hizo que viviera gran parte de su recatada y generosa vida, fuera de su Sevilla, pero el hábito no hace al monje y Cansinos Assens tuvo el hábito de escribir todos los días, de espaldas o quizá de perfil a eso que llaman éxito. Así que se convirtió en un monje tibetano de la literatura que vivía cerca del viaducto madrileño.
Tuvo que ser Borges el que lo proclama ser su maestro. Ahí es nada: tener un discípulo confeso que llega a ser el Homero de la Pampa. Rafael Cansinos fue poeta, novelista, ensayista y traductor. Las historias que Schahrasad la persa le contó en su armoniosa lengua al neurótico rey Schariar jamás han sido trasvasadas al castellano en un vaso más limpio. Es como si don Rafael hubiera estado allí desde la víspera de la noche mil. «Se han descubierto las fuentes del Nilo, pero aún están sin descubrir las fuentes de las «Mil y una noches»», dice. Cansinos nos dejó al morir un archivo de más de 40.000 documentos. Sevilla, siempre presente en su magna obra, los acogerá en el convento de Santa Clara. Sevilla no abandona a sus hijos, vivan donde vivan, no pueden abandonar a Sevilla.
En «La novela de un literato», que es el más importante catálogo de personajes que poblaron una época de la vida española, habla Cansinos de «el divino fracaso». Confiesa, sin ninguna clase de petulancia, que jamás pensó que la literatura fuera una cosa práctica, ni un medio de vida. «No hay olvido», dijo su paisano Luis Cernuda. Visitar su fundación entre manuscritos, proclamas ultraístas, imaginería religiosa y dedicatorias, será como visitar un monasterio. Aunque el monje esté ausente.

