
Actualizado Lunes, 20-07-09 a las 04:54
Cuando vivía en Madrid, Ava Gardner sólo echaba de menos tres cosas: las chocolatinas Hershey, los Kleenex y el Jack Daniel´s. Las tres se las traían los amigos en sus visitas. Si Victoria Beckham se tuviera que transportar a la España de 1955 o a una isla desabastecida, echaría de menos tantas fruslerías que no sabría por donde empezar. Lo último en su microsociedad del bienestar y las collonades es un señor que la rocía con spray para tener buen color sin necesidad de estropear su piel bajo el sol. Según el «Daily Mail», Victoria ha contratado un personal spray-on tan artiste. El hombre, que aparece en el artículo armado con una pistola a presión y con la postura de James Bond (aunque un poco despatarrado), se llama Jim Sneyder (Jimmy Coco para el negocio) y es el bronceador de las estrellas.
El lumbreras creó un servicio a domicilio muy pijo que han utilizado las nada pajizas Eva Longoria-Parker, Denise Richards o Megan Fox. El moreneador personal desarrolló una fórmula y un kit móvil para llevar el color a sus clientes. ¿Que tienes una alfombra roja? Pues llamas a Jimmy Coco. Jimmy, te necesito. O Jimmy, riégame (a la manera de Carmen Maura en «La ley del deseo»). Y lo mismo para una aparición en televisión o para una película. Ding-dong. Y llega el tío con su vaporeta, sólo que en lugar de limpiarte la casa te pulveriza el cuerpo de un bonito tono tostado. Porque el color es fundamental. Dice Jimmy Coco que la primera vez que vio a Victoria estaba color naranja y eso es lo que él ha solucionado yendo a su casa de Beverly Hills dos veces al mes con la pistola a presión.
A David Beckham asegura que no lo ha rociado. Y que siempre estaba fuera. Pero ha vuelto a Los Ángeles tras su cesión al Milán y tras sus vacaciones en las Seychelles, donde el matrimonio celebró su décimo aniversario de boda. Ha vuelto y en Estados Unidos hay quien se pregunta si se ha puesto botox en la frente al observar sus últimas fotografías, en las que aparece con «esa expresión malvada de la bruja del Oeste que caracteriza a los que se ponen botox». Los mismos que se lo preguntan calificaron su frente como de Neardental cuando la vieron en la foto de la soga con los calzoncillos de Emporio Armani. Consultado un cirujano de celebridades (un doctorcito que también tiene una web donde habla de famosos y sus arreglillos), cree que va a ser que sí. Por supuesto, el cirujano no ha tratado a David pero se arriesga con una imagen reciente del futbolista inglés, igual (bueno, esto es peor) que esos psiquiatras de cabecera que hablan en la tele sobre las patologías de cualquier delincuente. Al doctor Youn le parece que David Beckham se ha puesto inyecciones porque muestra unas cejas clásicas de botox. Pues vale. Por lo menos lo del color de Victoria Beckham lo cuenta su rociador personal.
Y si Victoria estaba naranja, Amy Winehouse está negra. Con su marido, que no será ex del todo hasta dentro de seis semanas según el divorcio en el que ella admitió su adulterio. Ahora el tío quiere su parte. Según una exclusiva del «News of the world» (el dominical del «Sun»), Blake Fielder-Civil se cree titular de la fortuna de la cantante porque inspiró «Back to Black», el disco que la ha hecho rica. Menudo cuajo porque Amy escribió el disco cuando su entonces novio la engañó con otra chica y la dejó. Tiene narices que quien provoca el desamor pretenda lucrarse con el mismo (otra cosa es que un hombre tenga el mismo derecho que una mujer a desplumar al cónyuge). Dejando aparte mi desconocimiento de la legislación matrimonial británica, lo increíble es que es él quien con toda la desfachatez ha dado esa increíble razón para trincar seis millones. «¿Por qué iba a llevarse un penique por hacer que ella se sintiera tan mal?», se pregunta un amigo de la cantante. Amy está furiosa y no piensa negociar. Pero está contenta con la extravagante petición que pone en evidencia al marido (yo, si me lo pide, le doy una libra, al modo de la peseta que pidió Lola Flores en su día). En «Love Is A Losing Game», ella deseaba no haber conocido a la joya que pasó la mayor parte de su matrimonio en la trena. Veo a Amy como a Roseanne Arnold: «No estoy disgustada por mi divorcio. Estoy disgustada por no ser viuda».


