«He perdido 18 años por las drogas»
CHEMA BARROSO
Lunes, 13-07-09
Son historias pequeñas aunque grandes, de vidas rotas, hechas jirones que ahora tratan recomponer y reconstruir, pedazo a pedazo, con el fin de dejar a un lado el pasado, aprender y asumir los errores para no volver a repetirlos. Son una veintena de mujeres, algunas con sus bebés o a la espera de ellos, que viven juntos en un centro de la Agencia Antidroga solo para féminas: Los Almendros, con 25 plazas en régimen residencial y otras 20 de día.
Un enorme cartel preside una de las paredes: «No dejes que caigan tus sueños al suelo». Es lo que intentan día a día, con la ayuda de un puñado de profesionales especializado que les ayuda a superar su adicción, a rehabilitarse y a encauzar su futuro sin servidumbre alguna. El tratamiento físico y psicológico puede durar hasta un año. En el segundo se busca la inserción para que vuelen solas.
Sus edades se sitúan entre los 22 y los 54 años de la mayor. No están solas. Además del tratamiento multidisciplinar al que se someten en el centro y los talleres de formación prelaboral para encontrar un empleo, ahora cada vez más difícil por la crisis -bordado artesanal en oro; jardinería, ofimática básica; ayudante de cocina y jardinería-, cuentan con una enorme responsabilidad que, a su vez, se convierte en una gran fortaleza: sus hijos.
Karol y Marta
Es el caso de Karol (31 años) y Marta (23), embarazadas de 7 y 8 meses. La primera es polaca y se introdujo en el las drogas por su pareja, como tantas otras. «Él está en la cárcel. No tengo a nadie en España por eso estoy aquí. Ahora, en la fase de búsqueda de empleo y esperando que nazca mi hijo». Hace ya tiempo que las drogas alcanzaron a los inmigrantes y en Los Almendros además de Karol, hay una joven rumana.
«La maternidad en mujeres toxicómanas supone un riesgo añadido a su delicada situación sociosanitaria de ellas y de su futuro hijo», explica Antonia López, religiosa de la orden de las Adoratrices,entidad que gestiona el centro. Algunos pequeños han nacido con el síndrome de abstinencia. «Ocurre cuando sus madres han tomado metadona. Con el tratamiento adecuado se les pasa enseguida».
Los seis pequeños habitantes de Los Almendros, derrochan vitalidad, alegría y energía y no dejan de correr por ese caserón enorme. Viendo a sus madres resulta sorprendente el buen estado que presentan. Salvo alguna, como Karol, con los dientes muy deteriorados. «Vienen derivadas tras haber pasado por un CAID. Ingresan las que no tienen apoyos», indicó la viceconsejera Belén Prado, en su reciente visita al centro.
Muchas arrastran un pasado de desestructuración familiar, abusos o malos tratos. Otras, por el contrario, han tenido una vida normal. Como Mónica, de 41 años. Se pasó 18 años enganchada. No tiene hijos. No todas los tienen aquí, aunque son mayoría. «Empecé consumiendo «coca» los fines de semana. Luego fui a más, hasta que un día me fui a la Cañada Real a «pillar» con el uniforme de mi trabajo en el maletero y me quedé a vivir ahí. Cuando me veía muy mal volvía a casa y cuando me recuperaba, me iba. Toqué fondo muchas veces», explica. Sus padres hicieron algo muy doloroso entonces que resultó esencial: pedir una orden de alejamiento de su hija. «No abrirme cuando acudía a ellos. Eso me hizo reaccionar. Llevo 6 meses aquí y quiero recuperar mi vida».
Marta es una guapa española de raza negra. Tiene 38 años y un hijo que nació a los cinco días de su ingreso. «Mezclaba alcohol y cocaína. Es la primer vez que me desintoxico. Llevo un año aquí: lo que me preocupa es trabajar y sacar a mi hijo adelante». Es el único pensamiento de estas mujeres de cara a su salida.
Veintitrés mujeres, dos de ellas en la recta final de su embarazo y seis bebés, viven en un centro de rehabilitación de toxicómanos. Mientras ellas abandonan las drogas, sus hijos son su gran motivación: les hacen reunir toda la fuerza necesaria para encarar su nueva vida
Los Almendros dispone de un nido guardería con 10 plazas

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