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El hombre del saco ha vuelto
Tyson ha trabajado en el rodaje de una película sobre su vida y reconoce que vuelve a boxear por dinero
Mike Tyson, el hombre más malo del planeta como fue bautizado en su día, va a volver. Lo hará en una pelea europea ante un supuesto fenómeno serbio, Nenad Stankovic, que tiene ya 32 años y que está invicto. Será en diciembre, en Belgrado, y el boxeador europeo ha asegurado que su manager le ha conseguido la pelea en diciembre porque es su cumpleaños y que el combate en sí es un presente.
Así va Tyson por la vida, como regalo de cumpleaños, como un payasete que llevar a las fiestas de los niños. El norteamericano tiene 40 años y nunca pensó que viviría tanto. Tampoco pensó hasta dónde le llevarían los vaivenes de dicha vida. Está medio arruinado, o arruinado del todo, y de ahí que acepte estos supuestos combates por un título mundial totalmente devaluado.
Una vida rota
A él todo le pasó con rapidez, con excesiva rapidez: pasó del barrio más brutal de Nueva York a ganar títulos y millones. Perdió los primeros y a continuación los segundos. Pasó por violaciones, propias y ajenas (dicen que unos matones abusaron de él cuando era niño y de ahí el supuesto odio contra todo y todos que luego demostró en el ring). Luego, la cárcel por abusar de una mujer, o de dos, o de tres, a saber. Él dice que «nunca me he portado bien con las mujeres. He abusado siempre de ellas, pero sólo mentalmente, nunca físicamente».
Se casó, se divorció, perdió a su familia y a sus familias, y en el último tramo dramas y desgracias al por mayor. Una de sus hijas, Exodus, de sólo cuatro años, moría hace poco en un accidente escolar al enredarse su cuello con una cuerda de ejercicios. A las pocas semanas del suceso, se casaba con su última pareja, Lakiha Spicer, en Las Vegas, en una capilla llamada La Bella.
Y ahora vuelve al ring después de asegurar que lleva 15 meses sobrio, que intenta arreglar sus problemas con el Departamento del Tesoro americano, al que debe millones de dólares, y, tras asistir al rodaje de una película sobre su biografía en la que asegura, sin remilgos, que aceptó su última pelea con el armario Kevin McBride sólo por dinero.
Tyson ha estado en el rodaje de la película, casi supervisándola, aunque en realidad la mayoría de las veces volvía la cara avergonzado: «Siempre he sido muy crítico conmigo mismo y verme así, desde fuera, me hace sentirme más vulnerable que nunca».
Vuelve con un enorme tatuaje en el cuello para nivelar la pérdida de esa mirada asesina con las que fulminaba a sus adversarios antes incluso de empezar la pelea. Esos ojos han desaparecido, y ya sólo queda la mirada de aquel pobre niño que pide limosna y ayuda por caridad.
Estaría bien que saliera y le diera al serbio con un martillo en la cabeza, pero va a ser que no, porque sus manos se han vuelto de mantequilla.
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