Sábado, 11-07-09
El suicidio o asesinato de un inmigrante magrebí ilumina con luz negra el espectáculo que el presidente Obama y el papa Benedicto XVI nos invitan a contemplar con menos cinismo.
Mientras el G-8 intentaba dar un sentido a su gesticulación sobre el cambio climático y la «lucha» contra el hambre, el Ministerio francés del Interior se veía forzado a tomar medidas policiales de extrema urgencia para intentar evitar que los incendios, vandalismos y pillaje en la periferia suburbana de una minúscula ciudad de provincias, Firminy, metiesen fuego a otros 600 o 700 guetos oficialmente repertoriados.
Sin duda, la UE y el G-8 hace años que toman medidas para intentar combatir los insondables problemas sociales, culturales, políticos y económicos que plantea la inmigración en Europa y en otros continentes. Pero ese macro tratamiento global deja en suspenso realidades que, con frecuencia, sólo pueden tratarse a una muy otra escala, local o municipal, muy alejadas de la diplomacia espectáculo planetaria.
Al mismo tiempo, las insurrecciones populares en Irán y China han puesto de manifiesto el carácter parcialmente irrelevante de tal «teatro del mundo»: la libertad, la cultura y la religión también son realidades tan esenciales como el pan. Las economías del conocimiento donde está hipotecada la salida planetaria de la crisis son indisociables de la libertad y la cultura.
Obama y Benedicto XVI han sido los primeros en insistir, tímidamente, en los riesgos inflamables de la diplomacia espectáculo planetaria: las aspiraciones religiosas y culturales de la minoría uigur en China, la cólera popular en Irán, las llamaradas de los suburbios franceses, los dramas que se suceden en las costas españolas, invitan a una modestia y un realismo aparentemente incompatibles con el teatro audiovisual de la diplomacia espectáculo.

