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Sábado, 11-07-09
EL presidente del Gobierno ha pasado sin pena ni gloria por la «Cumbre internacional de L´Alquila». Bien está coordinar un debate sobre seguridad alimentaria, ser uno de los países más comprometidos y generoso contra el hambre en el mundo y mantener algunos contactos bilaterales, pero es difícil maquillar la evidencia: España no ocupa el lugar que le corresponde en el mundo, no es miembro del G-8 ni del G-20 y está ausente de los foros donde se adoptan las grandes decisiones políticas y económicas. Por «renta per capita» y por la fortaleza de nuestros bancos y empresas, España debería tener un protagonismo muy superior. La admiración incondicional que muestra Rodríguez Zapatero hacia Barack Obama sólo se traduce por ahora en algunas frases de cortesía y en unos saludos cordiales ante las cámaras. Todo ello, como es notorio, con el estilo característico del líder del PSOE, que confunde la realidad con su proyección mediática. Mientras los países que realmente cuentan a escala global discuten sobre la crisis económica y el cambio climático, la diplomacia española no ha conseguido mucho más que un puesto meritorio, pero secundario y menos lucido de lo que desearía el presidente del Gobierno.
Al comenzar la legislatura, Rodríguez Zapatero asumió el compromiso de situar a España en el mundo -ayer repitió que «es la hora de España»-, un reconocimiento implícito de su fracaso en la etapa anterior marcada por una antiamericanismo primario y por un deseo fallido de volver al «corazón de Europa». Ha pasado un año largo y las cosas continúan igual. No es lógico que España desempeñe el papel de un actor de reparto cuando se sitúan en primera fila de la escena potencias cuyo nivel político, económico y sociocultural es inferior al nuestro. Según parece, el gran momento se aplaza para lucir las mejores galas durante la próxima presidencia de la Unión Europea, una responsabilidad que corresponde no por méritos, sino por riguroso turno y con una agenda muy definida. España necesita más proyección internacional y menos artificios para presentar al presidente del Gobierno como líder imaginario de la izquierda europea y paladín de las grandes causas universales. España merece mucho más que presentar una ponencia en una reunión casi multitudinaria a la que han asistido casi 40 países. No estamos ante un hecho aislado, sino ante la consecuencia de una estrategia internacional que exige un cambio de rumbo para aprovechar las oportunidades que se ofrecen a una sociedad dinámica y activa.
Vivimos en una era global que exige de los Estados nacionales una intensa actividad política y diplomática para hacer valer sus intereses en los lugares donde se adoptan decisiones que afectan a todos. Por mucho que se empeñe la propaganda gubernamental, España ha tenido un papel de perfil bajo en esta cumbre y ni siquiera tiene garantizada su continuidad en otros foros a los que ha logrado acceder a última hora y por vías indirectas. Lo importante no es la foto, sino la relación útil con los grandes líderes del mundo y el trabajo eficaz en las instancias donde se alcanzan acuerdos de ámbito. La política exterior de Rodríguez Zapatero se sitúa entre la retórica y la irrelevancia, con grave perjuicio para el interés de España.
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