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El dictador volverá a ser candidato tras 30 años en el poder e invita a Zapatero a Guinea
El surrealismo, la memoria y los mitos clásicos son moneda de curso legal en Guinea Ecuatorial que ayer vivió una jornada cargada de electricidad, grandes discursos y promesas de un nuevo amanecer de relaciones entre la antigua colonia española y la ex metrópoli. En el marco inenarrable del Palacio África, residencia del presidente Teodoro Obiang en Bata (el antiguo Río Muni de la colonia), construido por una empresa francesa experta en delirios africanos, sirvió para que ante el ministro español Miguel Ángel Moratinos y el senador Manuel Fraga se restañaran viejas heridas freudianas.
«Si el distanciamiento ha sido fruto de una penalización, un buen padre siempre sabe perdonar a un hijo desobediente y descarriado. Pero hay que hacer borrón y cuenta nueva». Fue al término de una comida con ribetes de boda de nuevos ricos cuando Obiang, sentado a la mesa presidencial con Moratinos y Fraga condecorados con la banda tricolor y la medalla de la Independencia, cuando el dictador se quejó del «inexplicable impás» en las relaciones y anunció a los empresarios, parlamentarios y periodistas que acompañan a Moratinos en la visita que hoy acaba que tenían «las puertas abiertas».
«Progresos»
Moratinos tomó la palabra para celebrar los «progresos» que ha hecho el país y proponer con gran prosopopeya «la voluntad de reencuentro, relanzamiento y profundización» de unas relaciones que a partir de ahora deben pasar a «otro nivel, no de padre e hijo, sino de hermanos, de iguales», momento que aprovecharon ministros, familiares, paniaguados y algunos invitados para aplaudir.
En una recepción a la que sólo asistieron algunos ojos electrónicos, un cada vez más demacrado Manuel Fraga se abrazó al dictador diciéndole: «Vengo aquí con el único objetivo de decirte: esto está consolidado, es maravilloso, tengo una gran alegría de estar aquí. He visto muchas cosas nuevas, he visto grandes autopistas». Obiang le dio efusivamente las gracias y le rogó: «Ahora tú tienes que contar por ahí lo que estamos haciendo porque esta es tu Guinea», a lo que replicó el que como ministro de Información y Turismo de Franco firmó hace 41 años el acta de independencia en Malabo: «Esta es la Guinea de todos».
En un salón de palacio enjaezado con dudoso gusto, Obiang encajó con elegancia y sin perder los nervios el fuego graneado de la prensa española. Tras treinta años de mandato, Obiang dijo que «volverá a ser candidato» en diciembre si «el pueblo y el partido» se lo piden, proclamó que él no es un dictador («aunque yo presumo de que me llamen dictador, porque es el que dicta las normas») y que Guinea era «una democracia plena», pese a que la leve apertura iniciada con el cambio de siglo ha visto cómo la oposición perdía las 30 alcaldías que controlaba y los diputados en el Parlamento pasaban de 11 sobre 80 a uno sobre 100. Obiang desmintió que en su país hubiera violaciones de los derechos humanos («no hay prácticamente ninguna tortura»), y que «es muy difícil el reparto de los recursos» y terminó preguntándose por qué Zapatero ha visitado recientemente un país anglófono (Nigeria) y y otro francófono (Togo) y no Guinea.
Moratinos lleva una invitación para que el presidente del gobierno español demuestre con los hechos que de padre a hijo se ha pasado a una relación de hermanos.
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