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Actualizado Sábado, 11-07-09 a las 08:46
La plaza enmudeció durante el minuto de silencio por el joven fallecido. Sólo unas cornetas entonaban una marcha fúnebre con los toreros descubiertos. Sonaba triste como el himno de los caídos por España que entonábamos en el Ejército: «Cuando la pena nos alcanza, por un hermano perdido...» Emotiva y sentida Pamplona. Los toros cogen y los toros matan. Es ley de vida y de muerte.
«Capuchino» había sido el culpable, y a «Capuchino» lo recibió la masa con una sonora pitada. Colorado, ojo de perdiz, astifinísimo, bajo y bien hecho. Así era. Por el pitón derecho la verdad es que su casta se remontaba. Pero por el izquierdo, precisamente la daga mortal, descolgaba una barbaridad con franca nobleza. David Fandila brindó al cielo después de dejárselo muy entero en el caballo y banderillearlo con pasión, al cuarteo, la moviola y el violín. Un concierto de facultades para terminar corriéndolo hacia atrás hasta pararlo en un estallido general. Fandi lo entendió casi completamente al revés: insistió por el peor pitón y no abundó en las virtudes al natural. La inercia de los palos, la voluntad y la estocada trajeron una oreja.
Se hablará hoy de «Capuchino» por doquier y poco de «Sabueso», el último toro de la corrida de Jandilla, noble pero sin finales. En este sexto tuvo su máximo exponente. Un toro largo, negro, de muy generoso cuello, que empleó para estirarse ágilmente y con categoría tras la muleta de Rubén Pinar. Gran ejemplar por dentro y por fuera. Pinar le arrastró los vuelos en su estilo basturrón pero que conecta mucho, por lo que se ve. Puntúa en todas partes, aunque la puntuación de ayer se quedase por debajo del jandilla para cortarle las orejas y no sólo una. Y es que faltó mano izquierda y, sobre todo, un broche a la altura de las circunstancias. De repente, ¡plas!, se fue a por la espada después de una serie en redondo. El trofeo valía para descerrajar la puerta grande pamplonesa sumado al que se llevó del tercero, un toro un tanto acochinado, como sin cuello, que se dejó de una manera noblota. El toreo periférico del diestro de Tobarra —cabe un trolebús por allí en medio— caló, incluso en el tramo embarulladete de despedida. Pero contó la estocada, un señor espadazo. Salida a hombros sanferminera.
Matías Tejela sorteó un lote de menores opciones. De hecho, el peor de la tarde fue el rebrincado y frenado segundo, que propinó a Rubén Pinar una serio talegazo en un quite. Tejela no se despeinó demasiado. Su cartucho de postre tuvo un son notable de salida y en el armónico principio de faena, pero se había lidiado mal y luego se apagó pronto. Más o menos le pasó al cuarto, también de más honda planta que fondo. Fandi volvió a eclosionar con los palos, y a medio plato se quedó sin ración.
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