Citando a la Oficina de Información del Gobierno de Xinjiang, la agencia estatal de noticias Xinhua informó de que el número de muertos se elevaba a 184. De ellos, 137 son "han" (111 hombres y 26 mujeres), 46 uigures (45 hombres y 1 mujer) y 1 hombre "hui".
China ofrece por primera vez las cifras oficiales de muertos detalladas
Citando a la Oficina de Información del Gobierno de Xinjiang, la agencia estatal de noticias Xinhua informó de que el número de muertos se elevaba a 184. De ellos, 137 son "han" (111 hombres y 26 mujeres), 46 uigures (45 hombres y 1 mujer) y 1 hombre "hui". Tras negarse durante toda la semana alegando que todos los fallecidos eran "iguales", es la primera vez que el Gobierno chino ha realizado esta división de víctimas entre las etnias.
Actualizado Sábado, 11-07-09 a las 01:03
Vuelve la tensión a Urumqi, la capital de la región china de Xinjiang sacudida esta semana por un estallido de violencia interétnica que ha dejado, según las últimas cifras oficiales, 184 muertos (137 "han", 46 "uigures" y un "hui") y más de un millar de heridos. Después de que un gran despliegue del Ejército consiguiera retomar el control tras los graves disturbios del domingo y el martes, el viernes de oración ha desatado nuevos incidentes entre la población autóctona, los uigures musulmanes, y la etnia “han”, la mayoritaria en Chinay que ha colonizado la región.
La oración del viernes, el día sagrado para los musulmanes, era la prueba de fuego para comprobar el control de la situación por parte del Ejército. Por ese motivo, las mezquitas del centro histórico, cerca del Gran Bazar, amanecieron esta mañana cerradas y rodeadas por escuadrones de militares y agentes antidisturbios.
«¡Sólo queremos orar en la mezquita!»
Sin embargo, los ánimos empezaron a exaltarse al mediodía, cuando un hombre de 60 años tocado por el típico gorro musulmán, Mehmet, insistió en entrar a rezar en la Mezquita Blanca del céntrico distrito de Tianshan. A voz en grito, Mehmet incluso se echó al suelo para hacer sus reverencias rezando en plena calle. “Lo único que queremos hacer es cumplir con nuestro deber como buenos musulmanes y orar en la mezquita”, protestaba elevando extendidas las manos al cielo e implorando a Alá.
De inmediato, una veintena de personas se sumaron a su demanda, envalentonadas además por la presencia de numerosos periodistas extranjeros que habían acudido a la puerta de la mezquita. “Nosotros no fumamos, no bebemos y nuestras manos están limpias. ¿Por qué no podemos entrar a rezar?”, se cuestionaba otro fiel mientras era rodeado por vigilantes de seguridad también uigures.
La insistencia del grupo, que cada vez era mayor, llevó finalmente a los responsables de la mezquita a abrir la verja para que pudieran rezar al mediodía. Pero la afluencia no fue demasiado numerosa porque las otras mezquitas de la ciudad, entre ellas la enclavada junto al Gran Bazar, estaban cerradas y los fieles pensaban que el Gobierno había prohibido la oración del viernes.
“Esto no se puede hacer, estamos muy enfadados”, se quejaba Narmutin, un joven apostado frente a dicha mezquita, rodeada por barreras de soldados y custodiada por dos tanquetas blindadas. Subidos a los minaretes, parejas de militares vigilaban desde lo alto el desarrollo de la situación. “Me gustaría poder subir allí, cogerlos del pescuezo y tirarlos abajo”, mascullaba otro uigur.
Denuncias ante la prensa extranjera
Pero los incidentes no se desataron hasta después de la oración del mediodía en la Mezquita Blanca, cuando una veintena de personas aprovechó la presencia de la prensa extranjera para denunciar la represión del Ejército chino tras la revuelta uigur del domingo pasado. “Ha muerto mucha gente y más de 200 personas han sido detenidas en los últimos días”, explicaba exaltada, con lágrimas en los ojos, una mujer ataviada con un pañuelo que le cubría la cabeza.
Asustado ante la presencia policial, que iba en aumento, el grupo quería marcharse de la puerta de la mezquita escoltado por los periodistas para evitar así ser detenidos. Pero lo que hicieron fue avanzar gritando y con el puño en alto en dirección a la zona “han” de la ciudad, lo que enseguida movilizó a cientos de agentes antidisturbios.
Detienen al corresponsal de TV3
En un santiamén, la avenida Jiefang Lu, que comunica la Puerta Sur con la zona uigur alrededor del Gran Bazar, fue tomada por la Policía, que rodeó a la veintena de manifestantes. A gritos y empujones, los antidisturbios desalojaron la zona e incluso llegaron a detener a tres cámaras de televisión que estaban grabando la escena, entre ellos el corresponsal de TV3 en China, Sergi Vicente. Junto a un periodista holandés de Netherlands Agency, Remko Tamif, y otro japonés de Tokio TV, Kobayashi Fumimori, fue trasladado a la Oficina de Seguridad Pública de Urumqi. Este corresponsal también fue retenido durante unos minutos en la calle, pero luego pudo marcharse de la zona, ya que los policías sólo estaban interesados en requisar las imágenes grabadas del incidente.
“Hemos sido interrogados por separado y llevamos aquí ya más de tres horas”, explicó a ABC por teléfono Sergi Vicente, señalando que “a pesar de tener acreditación del Gobierno, nos han detenido mientras entrevistábamos a unos manifestantes que tenían miedo a ser arrestados y no querían que los dejáramos solos. La Policía nos ha detenido porque estábamos grabando la escena desde lejos”.
Con la avenida totalmente acordonada por el Ejército y los agentes antidisturbios, pertrechados con escudos y armados con metralletas, la Policía arrestó a los manifestantes y los introdujo en una furgoneta para llevárselos a comisaría.
Ciudadanos de segunda
Los ánimos están tan tensos en Urumqi que cualquier pequeño incidente puede desatar un nuevo estallido de violencia. Para evitar otro baño de sangre, un helicóptero militar sobrevuela el centro de la ciudad y coches patrulla de la Policía, algunos con los cristales rotos por los incidentes de los últimos días, recorren las calles transmitiendo mensajes incitando a la calma y al fin de los enfrentamientos entre los “han” y los uigures.
Sometidos por la opresión del régimen chino, los miembros de esta etnia musulmana son ciudadanos de segunda que no disponen de los mismos derechos y oportunidades que los chinos, por lo que se han quedado atrás en el progreso económico experimentado por el país en los últimos treinta años. Separadas por grandes desigualdades sociales, cada comunidad vive de espaldas a la otra y sin mezclarse en sus respectivos barrios.
Además, los uigures, que hablan una lengua emparentada con el turco y tienen una cultura y unos rasgos fisonómicos más propios de Asia Central que del Lejano Oriente, aspiran por el sueño imposible de la independencia de Xinjiang, una región rica en petróleo y minerales enclavada a 4.000 kilómetros de Pekín y que ocupa tres veces la superficie de España.
Ante esta amenaza, el régimen chino ha demonizado a los separatistas, calificados por la propaganda como terroristas. Debido a la censura y a la falta de libertades informativas en el gigante asiático, este mensaje ha calado hondo entre los chinos de la etnia “han”, que han increpado a numerosos periodistas extranjeros, entre ellos este corresponsal, disgustados por las informaciones que publican los medios internacionales sobre la represión del régimen contra los uigures.




