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China castigará con la pena de muerte a los culpables de los disturbios de Xinjiang
Jueves, 09-07-09
AP
Las fuerzas de seguridad hicieron alarde de «músculo» durante su formación en la plaza del Pueblo de Urumqi, capital de Xinjiang
PABLO M. DÍEZ
CORRESPONSAL
EN CHINA
URUMQI. Pena de muerte. Como no podía ser de otra manera en China, ése es el destino que aguarda a los culpables de los disturbios interétnicos de Urumqi, la capital de la región musulmana de Xinjiang donde el domingo se registraron al menos 156 muertos, más de un millar de heridos y 1.400 detenidos, muchos de ellos estudiantes.
«Aquéllos que hayan cometido crímenes serán ejecutados», prometió el secretario del Partido Comunista en Urumqi, Li Zhi, mientras el ministro de Seguridad Pública, Meng Jiangzhu, declaró que «los principales alborotadores deberían ser castigados con la máxima dureza».
Movilizando a más de 20.000 policías y militares, el fuerte despliegue del Ejército chino consiguió controlar ayer finalmente la situación en Urumqi después de la infernal guerra urbana vivida los últimos días. Batallones de soldados y agentes antidisturbios formaron barreras alrededor del centro de la ciudad y del barrio antiguo donde viven los uigures, la población autóctona de esta vasta región del noroeste de China que habla una lengua emparentada con el turco, profesa el Islam y suspira por su independencia.
Pero la tensión continúa latente pese al fuerte dispositivo de seguridad y los helicópteros que sobrevolaban la ciudad lanzando pasquines propagandísticos. Se registraron incidentes aislados y una pandilla de han, la etnia mayoritaria de China que ha colonizado Xinjiang, se enfrentó con unos uigures a los que querían linchar en los alrededores de la céntrica y estrechamente vigilada plaza del Pueblo.
Cerca del Gran Bazar, en el casco histórico, también se vivió otro altercado cuando un grupo de uigures pretendía manifestarse para protestar contra la supuesta muerte de cinco personas, entre ellas un niño de tres años, por disparos de la Policía el martes por la noche. Algunos periodistas extranjeros fueron increpados por chinos de la etnia han, disgustados por las críticas internacionales a la brutal represión del régimen.
Palos, barras y cuchillos
Aunque la mayoría de las tiendas siguen cerradas y los turistas abandonan la ciudad, la situación dista mucho del caos en que Urumqi quedó sumida el martes, cuando miles de han tomaron las calles armados con palos, barras de hierro y cuchillos y se enfrentaron a la Policía mientras se dirigían al barrio uigur en venganza por la revuelta del domingo. Unas dramáticas imágenes que han dado la vuelta al mundo y obligado al presidente de China, Hu Jintao, a abandonar la cumbre del G-8 en Italia.
Debido a la opresión del régimen en Xinjiang, los han y los uigures están llamados a seguir enfrentándose, repartiéndose a partes iguales el papel de víctimas y verdugos. El domingo, fueron los uigures quienes salieron a la caza del han para protestar por la muerte de varios trabajadores de su etnia linchados en una fábrica de Guangdong, al sur de China, a finales de junio. Dentro de la política de dispersión del Gobierno para combatir las ansías separatistas en Xinjiang, un grupo de uigures había sido enviado a una factoría en la ciudad de Shaouguan, pero allí fueron enseguida acusados de los robos y violaciones que proliferaron tras su llegada.
Ciertos o no, dichos incidentes, silenciados por los medios oficiales pero muy comentados en los foros de internet de Xinjiang, provocaron una manifestación que, en principio, era pacífica, pero luego acabó en un baño de sangre. Dos días después, vino la respuesta de los han.
«La Policía abre fuego cuando los manifestantes son uigures, pero permite que los han tomen las calles machete en mano sin detener a nadie», criticaba un joven uigur ante los comercios del Gran Bazar, cerrados a cal y canto tras unas gruesas persianas metálicas que delatan la permanente inestabilidad en que conviven ambas etnias.
Los han copan el poder
«La situación va a peor porque los han controlan el poder político y económico y copan los mejores trabajos, mientras que la mayoría de los uigures son campesinos o están en paro», denuncia Abdul, un licenciado por la Universidad de Estudios Extranjeros desesperado por emigrar al extranjero.
Por culpa de la soberbia política del Gobierno chino, que no fomenta la integración entre dos etnias que viven juntas pero totalmente separadas por barrios, los «laobixing» -como se denomina en mandarín a la «gente del pueblo»- seguirán siendo, al mismo tiempo, víctimas y verdugos en el eterno conflicto de Xinjiang.
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