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Recién casada, una joven china de la etnia han adelantó el regreso a casa para estar con su familia. En lugar de encontrar el calor del hogar, fue herida gravemente por los uigures en la revuelta del domingo y perdió a su marido
Actualizado Miércoles, 08-07-09 a las 23:49
Dong Yuanyuan, una china de la etnia han de 24 años, se casó el 20 de junio en Shenyang, una ciudad de la provincia de Liaoning donde trabaja junto a su esposo, y luego celebró la boda el 2 de julio en Yining, otra localidad al norte de la región musulmana de Xinjiang donde viven sus padres. El pasado fin de semana, la pareja se marchó de luna de miel a Shangai. Aunque tenían previsto regresar el lunes, adelantaron el viaje un día porque echaban de menos a la familia. Pero lo que se encontraron al volver no fue el calor del hogar, sino los peores disturbios que ha sufrido China desde la revuelta tibetana del año pasado y la matanza en la plaza de Tiananmen en 1989.
“Desde entonces no lo he vuelto a ver, por lo que temo que haya muerto”, relata a ABC postrada en una cama de la quinta planta del Hospital Número 2 de Urumqi, el mayor de la ciudad. Con la cara amoratada por los golpes y una brecha en la cabeza, esta joven se recupera de la paliza sufrida a manos de una pandilla de jóvenes uigures, la etnia autóctona de Xinjiang que habla una lengua derivada del turco y profesa el Islam.
El domingo acababa de volver con mi esposo de nuestra luna de miel en Shangai, así que estábamos regresando a casa en autobús cuando nos encontramos con la revuelta”, relata compungida junto a otras dos víctimas de los disturbios, de las cuales una fue apaleada por cinco uigures y la otra apuñalada en la espalda.
La turbamulta detuvo al autocar y obligó a bajar a sus 30 pasajeros. Fácilmente reconocibles por sus rasgos, más propios de Asia Central y Turquía que de China, los uigures pudieron salir del autocar sin problema, pero Yuanyuan no corrió la misma suerte. “Les saludé en su lengua e intenté mentirles diciendo que mi madre era uigur, pero no me creyeron y enseguida empezaron a pegarme con garrotes”, recuerda entre lágrimas.
Y es que, desde ese fatídico día, no ha vuelto a ver a su marido, por lo que sospecha que fue asesinado por la muchedumbre. “Aunque tenía la cabeza totalmente ensangrentada, alguien me ayudó a escapar, pero él no pudo seguirme y nos separamos”, relata emocionada pensando en la trágica casualidad de su destino.
Durante los primeros días, Yuanyuan estuvo ingresada en la tercera planta del hospital, pero “los han fuimos trasladados dos pisos más arriba por seguridad porque allí había uigures heridos de bala por el Ejército chino”. El hospital permite a los periodistas entrevistar a las víctimas han, pero se niega a mostrar a las víctimas de la represión porque, según una de las responsables de administración, “están siendo investigados por la Policía para comprobar si participaron en los disturbios”.
“Cuando era una niña y vivía en Yining, tenía muchos amigos uigures, pero no sé qué pasará en el futuro porque estoy rabiosa, ya que mi marido ha desaparecido y lo más probable es que haya muerto”, concluye Yuanyuan resumiendo el odio cada vez mayor entre las dos etnias.
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