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Actualizado Miércoles, 08-07-09 a las 18:40
Pena de muerte. Como no podía ser de otra manera en China, ése es el destino que les aguarda a los culpables de los disturbios interétnicos de Urumqi, la capital de la región musulmana de Xinjiang donde el domingo se registraron al menos 156 muertos y más de un millar de heridos.
“Aquéllos que hayan cometido crímenes por métodos crueles serán ejecutados”, prometió el secretario del Partido Comunista en Urumqi, Li Zhi, mientras el ministro de Seguridad Pública, Meng Jiangzhu, declaró a la agencia estatal Xinhua que “los principales alborotadores deberían ser castigados con la máxima dureza”.
Movilizando a más de 20.000 policías y militares, el fuerte despliegue del Ejército chino ha conseguido controlar hoy finalmente la situación en Urumqi después de la infernal guerra urbana vivida durante los últimos días. Batallones de soldados y agentes antidisturbios han formado varias barreras alrededor del centro de la ciudad y del barrio antiguo donde viven los uigures, la población autóctona de esta vasta región del noroeste de China que habla una lengua emparentada con el turco y profesa el Islam.
Pero la tensión continúa latente pese al fuerte dispositivo de seguridad y los helicópteros que sobrevolaban la ciudad lanzando pasquines propagandísticos. “Esto no es un conflicto étnico, sino de orden público. Vuelvan a sus casas, unidades de trabajo y comunidades”, rezaban los panfletos firmados por el secretario del Partido Comunista en Xinjiang, Wang Lequan, que también eran entregados en plena calle y leídos por la Policía a través de los altavoces de sus coches patrulla.
Contradiciendo estos mensajes, hoy se han producido algunos incidentes aislados y una pandilla de han, la etnia mayoritaria de China que ha colonizado Xinjiang, se ha enfrentado con unos uigures a los que querían linchar en los alrededores de la céntrica y estrechamente vigilada plaza del Pueblo. Cerca del Gran Bazar, en el casco histórico, también se ha vivido otro altercado cuando un grupo de uigures pretendía manifestarse para protestar contra la supuesta muerte anoche de cinco personas, entre ellas un niño de tres años, por disparos de la Policía. Esta información, sin embargo, no ha podido ser confirmada oficialmente. Por su parte, algunos periodistas extranjeros también han sido increpados por chinos de la etnia han, disgustados por las críticas internacionales a la brutal represión del régimen.
Aunque la mayoría de las tiendas siguen cerradas y los turistas abandonan la ciudad, la situación dista mucho del caos en que Urumqi quedó sumida ayer, cuando miles de han tomaron las calles armados con palos, barras de hierro y cuchillos y se enfrentaron a la Policía mientras se dirigían al barrio uigur en venganza por la revuelta del domingo.. Unas dramáticas imágenes que han dado la vuelta al mundo y obligado al presidente de China, Hu Jintao, a abandonar la cumbre del G-8 en Italia.
Debido a la opresión del régimen en Xinjiang, los han y los uigures están llamados a seguir enfrentándose, repartiéndose a partes iguales el papel de víctimas y verdugos. El domingo, fueron los uigures quienes salieron a la caza del han para protestar por la muerte de varios trabajadores de su etnia linchados en una fábrica de Guangdong, al sur de China, a finales de junio. Dentro de la política de dispersión del Gobierno para combatir las ansías independentistas en Xinjiang, un grupo de uigures había sido enviado a una factoría en la ciudad de Shaouguan, pero allí fueron enseguida acusados de los robos y violaciones que empezaron a proliferar tras su llegada. No en vano, y a veces de forma merecida, los uigures tienen bastante mala fama entre los han, que los suelen acusar de ladrones y temer su violencia. Sin ir más lejos, algunos programas de televisión incluso previenen contra los carteristas uigures, muchos de ellos niños hábilmente adiestrados para birlar los monederos y bolsos de los viajeros del metro.
Cierto o no, dicho incidente, silenciado por los medios oficiales pero muy comentado en los foros de internet de Xinjiang, provocó una manifestación que, en principio, era pacífica, pero luego acabó en un baño de sangre. Dos días después, vino la respuesta de los han.
“La Policía enseguida abre fuego cuando los manifestantes son uigures, pero permite que las patrullas urbanas de los han tomen las calles machete en mano sin detener a nadie”, criticaba un joven uigur ante los comercios del Gran Bazar, cerrados a cal y canto tras unas gruesas persianas metálicas que delatan la permanente inestabilidad en que conviven ambas etnias.
“La situación va a peor porque los han controlan el poder político y económico y copan los mejores trabajos y los negocios, mientras que la mayoría de los uigures son campesinos o están en el paro”, denuncia Abdul, un licenciado por la Universidad de Estudios Extranjeros desesperado por emigrar al extranjero para intentar encontrar un futuro mejor. Sin embargo, lo más probable es que nunca lo logre porque, debido a las restricciones del Gobierno chino, los uigures tienen que pagar entre 10.000 y 20.000 yuanes (entre 1.000 y 2.000 euros) para conseguir un pasaporte.
Por culpa de la soberbia política del régimen de Pekín, que no fomenta la integración entre dos etnias que viven juntas pero totalmente separadas por barrios, los “laobixing” – como se denomina en mandarín a la “gente del pueblo” – seguirán siendo, al mismo tiempo, víctimas y verdugos en el eterno conflicto de Xinjiang.
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