
Richard Rogers, Arquitecto y urbanista /ANDREW ZUCKERMAN
«El Príncipe Carlos tiene demasiado poder y ninguna responsabilidad democrática. Ése es el problema»
-A sólo una semana de obtener la licencia de construcción, la familia real qatarí ha paralizado su proyecto de 500 viviendas en el barrio de Chelsea. Usted ha acusado al Príncipe Carlos de haber arruinado su obra mediando en su contra. ¿Cómo están las cosas ahora?
-El problema es que el Príncipe Carlos tiene mucho poder pero ninguna responsabilidad democrática. He pasado toda mi vida hablando de transparencia y de la responsabilidad civil, todo lo contrario a lo que hace él, que utiliza su poder de forma sibilina, oscura. Ha sido un duro golpe para el estudio porque hemos perdido años de trabajo.
-No es su primer rifirrafe. ¿Se ha convertido en una cuestión personal entre ambos?
-No, yo no creo que él sea mi «bestia negra» como dicen algunos medios. Él ha dicho que no le gusta el arte moderno, como podría decir que no le gusta su periódico. Está en contra de la medicina moderna, de la biotecnología,.. pero es que él es en sí mismo un producto de la tradición. Un hombre extraño.
En 2007 obtuvo el Pritzker, el Premio Nobel de la arquitectura, galardón que le coronó como uno de los grandes de nuestro tiempo. A la altura de sus dos antiguos compañeros de equipo: Norman Foster, con el que formó el estudio Team 4, o Renzo Piano, con quien diseñó el célebre Pompidou. Ideólogo del nuevo Londres, la obra de Richard Rogers, Lord Rogers of Riverside (Florencia, 1933) asume su interés por la sostenibilidad y su apuesta por un uso social de la arquitectura.
—Primero fue el Centro Pompidou (1971-1977), luego ideó el edificio Lloyd's (1986) en pleno centro financiero de Londres. Recientemente alumbró la T-4 de Barajas. ¿Qué obra recoge mejor su filosofía?
—Existe una narrativa que lo enlaza todo, que habla sobre urbanismo, edificios públicos y sobre la comunicación del proceso constructivo como parte de la estética del edificio. Confío en que mi lenguaje arquitectónico sea reconocible en las obras que cita, pero también en otras menores.
—Con el Pompidou, usted y su amigo Piano fueron los primeros en mostrarnos las tripas de un edificio. ¿Fue el deseo de unos jóvenes arquitectos de romper con el orden conservador en una ciudad tan clásica como París o una necesidad real?
—Bueno, hubo dos razones principales. Una fue funcional, o si quieres de máxima flexibilidad. Queríamos un espacio vacío que se adaptase a las necesidades del museo pero también de la gente. Además está relacionado con la articulación de la fachada, las superficies, el juego de luz y sombra. Quisimos celebrar la belleza de los elementos funcionales en la arquitectura.
—Al entrar en España por la T-4, ¿se siente usted como en casa?
—¡Sí, claro! (ríe). Para mí la terminal de Barajas es una de mis obras de mayor éxito. Con ella celebramos el espíritu del viajar. Las grandes estaciones de tren como París o Moscú tienen este espíritu. Creo que los aeropuertos deberían compartir este entusiasmo. Quisimos hacer un Barajas más humano usando materiales como la madera y los colores del arcoiris... ¡En vez de quedar en la puerta de embarque 65 preferimos encontrarnos debajo del arco naranja! Estoy orgulloso de ello.
—Recientemente Peter Eisenman dijo a este diario que las 4 torres de Madrid están fuera de lugar, ¿está de acuerdo?
—Creo que cada ciudad tiene zonas en las que poder edificar elevado. Sin embargo, en Madrid no hay buenos edificios altos y su estrategia urbana es bastante pobre. Barcelona está mucho más avanzada en este sentido, pero Barcelona, hoy por hoy, no tiene la vida cultural de Madrid, que es una ciudad preciosa, vibrante. A fin de cuentas Madrid es Madrid y estoy de acuerdo (con Eisenman), creo que es una ciudad ideal para pasear.
—¿Hacia dónde debe orientarse la ciudad del siglo XXI?
—Debe ser compacta, tener varios centros focales. Trabajo, vivienda y centro lúdico tienen que estar en un mismo área. Hay que construir dentro de la ciudad, aprovechar zonas en desuso y cuidar la sostenibilidad ambiental, ése es el gran reto. Para eso necesitamos buen servicio público. Y evitar los guetos de ricos y pobres, La ciudad tiene que estar ajustada socialmente.
—Ha diseñado la Torre 3 de la Zona Cero en Nueva York. ¿Su encargo de mayor altura moral?
—No, no hay nada de emotivo en el proyecto porque a fin de cuentas sólo es un edificio de oficinas, un inmueble privado con unas necesidades concretas. Es algo contradictorio porque a mi juicio deberían haber reservado un mayor espacio a lo público, un gran lugar en el que los ciudadanos pudieran recordar a las víctimas del 11-S