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Martes, 07-07-09
EL acuerdo para seguir avanzando en la negociación de un tratado para la reducción de armamentos nucleares que escenificaron ayer en Moscú el presidente ruso, Dimitri Medvedev, y su homólogo norteamericano, Barack Obama, es una buena noticia, pero no lo bastante para considerar que estamos ante un hecho que puede cambiar el ambiente rijoso que prevalece en las relaciones entre Washington y Moscú. Como en muchos otros aspectos de su política internacional, la Administración Obama se ha limitado a desvincularse de la herencia de su predecesor, con gestos explícitos de pulsar un supuesto botón de reinicio y ofreciendo a Moscú la oportunidad de partir de cero. Sin embargo, el presidente norteamericano se vuelve a equivocar, porque el origen de la disonancia en las relaciones con Rusia no puede venir solamente de lo que haya hecho bien o mal Estados Unidos en el pasado, y olvidando que algo habrán tenido que ver también las decisiones que se han tomado desde el Kremlin, muchas de las cuales no facilitan en absoluto la confianza mutua.
No es culpa de Occidente que, durante el largo periodo de liderazgo de Vladimir Putin, Rusia no haya sabido dotarse de un sistema judicial independiente y eficaz que hubiera impedido la proliferación de estructuras mafiosas, o que haya preferido recuperar por la fuerza el control de la riqueza petrolera por parte del Estado y que, como resultado, su economía no se haya desarrollado a la altura de las dimensiones del país y Rusia sea ahora muy frágil desde el punto de vista financiero, ni que muchas de las naciones que estuvieron sometidas a Moscú en el pasado busquen desesperadamente la protección de EE.UU. y la OTAN.
Alexander Solzhenitsyn, a quien no se puede negar su condición de gran patriota ruso, siempre dijo que lo peor que podía sucederle a su país sería que se contentasen con culpar a supuestos enemigos extranjeros de los problemas de los que eran responsables, porque ese sería el peor camino para resolverlos. Putin, que sigue siendo la persona más influyente en el país, a pesar de su permanencia en un forzoso segundo plano, ha dado señales recientes de todo lo contrario: en su afan por restaurar la imagen del pasado del país como cabeza de la superpotencia soviética, no le ha temblado la mano para volver a pasear la figura de Stalin por los libros de texto y recuperar el tono antioccidental de los tiempos en los que él mismo era un eficaz agente del KGB. Ha abandonado los intentos para lograr que Rusia ingresase en la Organización Mundial de Comercio y afirma que prefiere una unión aduanera con Bielorrusia y Kazajstán. La guerra del año pasado en Georgia es una buena señal de que Rusia pretende reconstruir su propia esfera de influencia, y cuando Putin habla de un mundo multipolar, lo que están diciendo es que quiere dirigir uno de los polos sin interferencias de los demás. Obama puede correr el riesgo de confundir los intereses de Rusia con los de la elite que dirige el país, que está lejos de ser un ejemplo de patriotismo constructivo. Para mantener buenas relaciones es necesario tener valores en común y a Rusia, por desgracia, aún le falta un largo trayecto en este camino.
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