Publicado Lunes, 06-07-09 a las 18:55
Al igual que el Tíbet, donde en marzo del año pasado se vivió la peor revuelta independentista de las dos últimas décadas, Xinjiang es otra de las zonas más sensibles de China. Aunque sus habitantes autóctonos son musulmanes de la etnia uigur y no budistas, ambas regiones guardan similitudes en sus conflictivas relaciones con China. Y es que tanto Xinjiang como el Tíbet forman parte de esos territorios fronterizos del Reino del Centro, que ha podido ejercer el control sobre los mismos cada vez que sus dinastías imperiales eran lo suficientemente poderosas como para imponer su autoridad. Sin ir más, lejos Xinjiang significa “nueva frontera” en mandarín, lo que evidencia claramente su importancia estratégica para Pekín.
Enclavada en la Ruta de la Seda, hace más de 2.000 años que la región de Xinjiang tiene intercambios comerciales con el gigante asiático. A lo largo de la Historia, China se ha disputando la hegemonía sobre la misma con otras tribus del entorno, desde los Xiongnu de Mongolia en el siglo II a.C. hasta las hordas de Gengis Khan en el siglo XIII.
Pero el actual ansia separatista de los uigures de Xinjiang tiene unas raíces mucho más próximas en el tiempo. En el siglo XIX, las distintas etnias turcófonas de Asia Central, como los uigures, kazakos, uzbekos, kirguizes y tayikos, suspiran por conformar el Turkestán, pero el imperialismo de Rusia y China impide llevar a cabo tal proyecto.
Debido a la decandencia de la dinastía Qing (1644-1911) y a las humillaciones que el coloso oriental viene sufriendo por parte de las potencias coloniales extranjeras, una rebelión de los uigures acaba declarando la República Islámica Turca del Turkestán Oriental en 1933, pero sólo dura un año.
Una década después, los uigures volverán a aprovechar la Guerra Civil en China para proclamar la República del Turkestán Oriental, que finalmente es suprimida por las tropas comunistas de Mao Zedong tras hacerse con el control del país en 1949.
Desde entonces, los chinos de la etnia Han, la mayoría en el “dragón rojo”, han colonizado esta desértica región que ocupa una sexta parte de la nación y, además, tiene importantes reservas naturales, como petróleo, gas y minerales. Tras la instauración de la Región Autónoma de Xinjiang en 1955 y la construcción del ferrocarril, los uigures han pasado de suponer el 75 por ciento de la población al 45 por ciento de 2003.
Además, la caída de la Unión Soviética y la independencia de sus antiguas repúblicas de Asia Central – también conocido como el Turkestán occidental – revivieron el espíritu separatista entre los musulmanes de Xinjiang a principios de los 90.
Durante esa década, se produjeron numerosos atentados terroristas con muertos que, por otra parte, incentivaron la represión por parte del régimen chino, que impone restricciones a la lengua y la cultura uigur y prima a los Han en la Administración, la educación y los trabajos.
Frente a esta situación se rebeló con las armas el Movimiento Islámico del Turkestán Oriental, cuyo fundador y líder, Hasan Mahsum, fue liquidado por el Ejército paquistaní en 2003. Incluido en la lista de organizaciones terroristas por China, Estados Unidos y la ONU, dicho grupo ha tenido, y es muy posible que siga teniendo, conexiones con Al Qaeda.
Frente al pacifismo que enarbola otra mártir de la causa uigur, Rebiya Kadeer, en los últimos tiempos ha cundido en Xinjiang la amenaza del terrorismo islamista, que aseguraba estar detrás de los atentados que sacudieron a la región coincidiendo con los Juegos Olímpicos del año pasado.
¿Ha comenzado ya la “yihad” de ojos rasgados? Sólo el tiempo, la difícil convivencia étnica y las bombas lo dirán.


