Christa Ludwig es una de las grandes leyendas de la ópera vivas, con un repertorio que abarca todos los grandes papeles para mezzosoprano (Judith, Leonora, Dido, Ortrud, Charlotte, Clitemnestra...), a los que se añade su dominio del lieder. La mezzosoprano alemana, que debutó a los 18 años y se retiró a mediados de los años 90, se muestra feliz con el premio que, unas horas después de esta entrevista con ABC, recibirá como reconocimiento a una carrera en la IV edición de los premios Líricos del Teatro Campoamor. «Es muy especial para mí porque tengo 81 años y muchos de mi colegas ya están muertos. Por eso me siento una privilegiada de estar todavía viva y poder recibir este premio por una larga carrerra, 50 años». Este galardón se suma a una larga lista, «ahora me dedico a vivir tranquila y a recoger premios», bromea.
A pesar de su exitosa trayectoria -en España nunca cantó ópera tan sólo recitales-, Christa Ludwig no se vanagloria de ella y aún más, asegura no pensar en el pasado. «Cuando escucho algunas de mis viejas grabaciones pienso que suenan bien, pero ya está. No soy una mujer que vive del pasado, siempre he mirado hacia adelante. Ahora sólo me interesa el futuro. Mi vida es como un libro en el que he pasado página y en el que lo que más aprecio ahora es mi vida privada».
Cuando se le pregunta si ha dejado en el tintero algún personaje que le hubiera gustado interpretar se ríe y contesta: «Los de soprano. Las mezzo siempre queremos ser sopranos aunque yo -matiza- he cantado algunos». Entre estos menciona el rol de Ariadne, «que canté un año en el Festival de Salzburgo», y también habla de «Fidelio»: «Me encanta por la humanidad del personaje. La mayoría de las óperas cuentan cosas tontas pero ésta no». A esto se añade un componente muy emotivo: «Mi madre [la mezzo Eugenie Besalla-Ludwig, que ejerció como única maestra de Christa], también interpretó este mismo papel, bajo la dirección de Karajan. Y yo lo hice con él 30 años después. Fue como cerrar el círculo», recuerda.
Karajan es uno de los tres directores de orquesta fetiches de la mezzosoprano: «El primero fue Böhm, que me promocionó en Alemania, y con él interpreté muchos personajes mozartianos y de Richard Strauss. Él me enseñó la precisión; entonces llegó Karajan, que dirigía a mi madre, y me mostró la belleza del fraseo. Y por último, Bernstein, que era muy inteligente, algo muy raro que se da sólo en dos o tres directores musicales», se ríe. «Él te decía las cosas pero no de una manera pedagógica sino filosófica. Me enseñó la esencia de la música. Era un gran músico y un gran hombre. Así a lo largo de mi vida aprendí primero precisión, después belleza y después a meterme dentro de la música. Gustav Mahler -añade- decía que la esencia de la música no está en las notas, y Berstein investigaba la esencia de la música».
En cuanto a si le hubiera gustado haber desarrollado su carrera en esta época, asiente con rapidez. «Sí, ahora es más fácil hacer una carrera gracias al markéting. La gente enseguida te conoce. Entonces no había televisión, ni publicidad, tenían que pasar diez años para ser conocida, y al cabo de poco tiempo te olvidaban. Ahora hay artistas como Lang Lang, que es muy bueno y tiene mucha publicidad, o el caso de Netrebko».
A pesar de su retiro, acude con cierta frecuencia a la Ópera de Viena, «aunque es muy cara. Una entrada cuesta 250 euros. Y a veces sobre el escenario ves cosas que son modernas pero son muy estúpidas. Y entonces me dedico a escuchar». Y se lamenta de que en los repartos se contrate «a una gran estrella, mientras el resto de los cantantes son mediocres». Preguntada por las voces de hoy que más le gustan, no lo duda: «Me encanta Karita Matilla, que no tiene mucha publicidad», bromea. Y en cuanto a con qué director musical le hubiera gustado trabajar señala a dos: «Mariss Jansons y Thieleman».
Amante del repertorio wagneriano, en cuyo festival debutó en 1966, considera «injustos» los movimientos que ha habido en los últimos nombramientos que «han dejado fuera a los descendientes de Wieland, a quien conocí en persona, y que realizó unas puestas en escena muy inteligentes. Ha sido olvidado. Sólo se ha pensado en las hijas de Wolfgang, Eva y Katharina».

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