Domingo, 05-07-09
HAY que ver lo que le gusta al nacionalismo vasco echarse al monte. Ayer lo hizo, literalmente, en el Gorbea, para conjurar con un exorcismo ritual la profanación cometida por unos militares arriscados que plantaron allá arriba una intolerable bandera española. ¡Cómo se atreven esos malandrines a colocar una bandera de España en territorio español! Ni que el País Vasco fuera Perejil, dice el tal Urkullu, reconvertido en ocasional caudillo liberador de tierras ocupadas. Y para expulsar los malos demonios han llenado el monte de ikurriñas, como si una bandera fuese excluyente de la otra; ambas son perfectamente constitucionales, pero el PNV se acostumbró a convertir la una en excluyente, en la «suya», que era un modo de atizarle simbólicamente con el mástil a quienes no sienten ningún reparo en identificarse con las dos. Ésta es la clave de la hegemonía forzosa que han impuesto los nacionalistas: aprovechar el sentido integrador de la autonomía que diseñó la Constitución para construir un ámbito de exclusiones. Para subvertirla, literalmente.
La estrategia les ha dado, qué duda cabe, resultados rentables: treinta años de dominancia política nada menos. Un período tan largo ha generado un sentimiento de sumisión más o menos subconsciente, hasta el punto de que la sociedad vasca ha interiorizado como una especie de necesidad ontológica que el nacionalismo ha de estar en el poder de un modo u otro. Así se explica el dato esencial del último Euskobarómetro, según el cual el 60 por ciento de los vascos está en desacuerdo con el pacto PSOE-PP, inclinándose en mayoría por una fórmula de coalición entre los socialistas y el PNV. Lo curioso es que en las últimas elecciones el partido-tótem obtuvo sólo un 38,5 por 100 de los votos. Es decir, que incluso muchos ciudadanos que no lo votaron piensan que debería seguir gobernándolos. Sentido de dependencia, se llama eso. Síndrome de Estocolmo.
Con semejante estado de opinión, que es el verdadero enemigo del gobierno de Patxi López, es natural que el nacionalismo sienta impulsos de subir al monte para proclamarse como providencialista salvador de la patria amenazada. En realidad, los nacionalistas nunca han bajado de los cerros, desde que Arana dio en elegir escenarios montaraces para sus proclamas mesiánicas, a menudo pronunciadas tras bien regadas comilonas campestres; se trata de un partido estrictamente cerril, que busca sus raíces en una mitología de ruralismo atávico, antiurbano y antimoderno, amigo de akelarres y demás conjuros mágicos. Pero está por ver el día en que se echen al monte con todas sus enseñas y su parafernalia excursionista para protestar en serio contra ETA y sus cómplices, o para honrar la memoria de las víctimas del terrorismo. Sería un picnic muy celebrado en el que nadie echaría de menos o de más bandera alguna.

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