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Viernes, 03-07-09
«Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas»
(J.R.J.)
EL buen jefe de un servicio de inteligencia es el que es lo bastante inteligente para no entrometerse en el trabajo de los profesionales. Me lo dijo la otra noche Eduardo Serra, que fue ministro de Defensa y tuvo que destituir al general Manglano, la oreja nacional del felipismo, un profesional solvente y correoso que había acumulado información para tumbar no a un Gobierno, sino a un régimen. Llegado a la célebre tesitura de Johnson con Hoover -«tener al indio dentro de la tienda meando para afuera o fuera meando para dentro»--, Aznar optó por dejarlo a la intemperie pero enterró el escándalo de los papeles secretos de la guerra sucia para garantizarse silencios estratégicos. El jefe de los espías representa para cualquier Gobierno un cable de alta tensión con patas; pasa por él corriente de muchos voltios y hay que manejarlo con suma delicadeza para no electrocutarse.
Ayer, Zapatero entregó la cabeza de Alberto Saiz, un perito de Montes al que le venía grande el cargo de Oreja del Gran Hermano. Lo puso Bono porque le tenía confianza y quería un indio amigo dentro de la tienda, pero al perito forestal le faltaba soltura para moverse en el bosque del espionaje, que confundió con una finca de caza como las que frecuentaba en su tierra manchega. En las centrales de inteligencia conviene no ser demasiado torpe, porque el más tonto que haya allí sabe fabricar un reloj de pulsera. Se trata de un sitio donde es esencial la gestión del personal, y a Saiz le han fallado los recursos humanos y ese sexto sentido necesario para saber que lo único que no se puede hacer entre espías es dejar cabos sueltos.
Por lo general, los directores del espionaje suelen caer en medio de escándalos truculentos sobre el manejo de información sensible, pero a éste lo han tenido que echar por unas chapuzas de índole doméstica. Viajes de gañote, enchufes nepotistas y un photoshop chapucero para camuflar excursiones de caza y pesca. Una cosa ruda, pringosilla, poco en consonancia con el aura literaria cinematográfica del género negro. Manglano y sus «perotes» podían entrar en alguna versión celtibérica del estilo Le Carré; ponían escuchas debajo de las almohadas del sistema y traficaban en los desagües del Estado. De Saiz ni siquiera consta que se haya extralimitado en las alcantarillas; se va acusado de cargar a los fondos reservados facturas de mayordomía. Para sustituirlo, Zapatero ha llamado a su militar áulico, Félix Sanz, un hombre que lee libros, habla idiomas y sabe interpretar mapas de Estado Mayor. Gente de confianza. Un tipo que sabe, como Barley Blair, el protagonista de «La casa Rusia», que en estos tiempos hay que pensar como un héroe para comportarse como una simple persona decente.
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