La creadora de «Café Müller» falleció en Wuppertal a los 68 años, sólo cinco días después de que se le diagnosticara un cáncer
«Pina Bausch ha fallecido el martes por la mañana en el hospital; una muerte inesperada y rápida, cinco días después de que se le diagnosticara un cáncer». Con este escueto comunicado anunciaba la portavoz de la Wuppertaler Tanzatheater, la compañía en la que Pina Bausch desarrolló su trabajo durante los últimos treinta y cinco años, el fallecimiento de la coreógrafa alemana. La noticia, por imprevista y triste, ha supuesto un tremendo golpe para el mundo de la danza. Ha muerto prácticamente sobre el escenario, ya que apenas hace unos días estrenó su nueva coreografía y, como recordaba la portavoz de la compañía, el último domingo (el día 21) estuvo todavía junto a sus bailarines en el teatro. Tras este estreno, Pina Bausch ingresó en el hospital de Wuppertal para someterse a diversas pruebas que explicaran la intensa fatiga que sufría la coreógrafa últimamente. «No salió de allí», dijo la portavoz.
Pina Bausch era una creadora deslumbrante, una de las grandes renovadoras de un arte al que ella aportó su mirada magnética y evocadora. Sus obras eran cataratas de imágenes y el escenario un lienzo conmovedor que coloreaba con sensaciones muy distintas. «Mi trabajo -dijo en su última visita a Madrid, hace algo menos de tres años- tiene que ver con los sentimientos personales, y en este sentido es importante propiciar el acercamiento entre nosotros. Ver que estamos juntos, que nos reímos de lo mismo, que lloramos con lo mismo. Que estamos cerca los unos de los otros, a pesar de que hablemos otro idioma».
Pina (Josephine) Bausch tenía fervorosos seguidores, pero también eran numerosos, e igual de efusivos, sus detractores, que no aceptaban su visión expresionista y teatral de la danza. Nació en Solingen, Alemania, el 27 de julio de 1940. Tras sus primeros estudios en su país natal viajó a Estados Unidos, donde trabajó con figuras tan distintas como José Limón, Antony Tudor, Herbert Ross o Paul Taylor.
En 1973, varios años después de su regreso a Alemania, y después de estrenar varias coreografías en el teatro de la Ópera de Wuppertal, su entonces director general, Arno Wüstenhöfer, le encargó la creación de una compañía de danza, la Wuppertaler Tanztheater. Nació así un conjunto que ha sido desde entonces una de las principales referencias de la danza contemporánea actual, aunque Pina Bausch siempre haya sido profundamente individualista en su trabajo. La soledad, las relaciones humanas, afloraban a través de sus coreografías con una enorme sinceridad, «empujando los límites de lo que llamamos danza», en palabras del coreógrafo John Neumeier.
Su imagen enjuta, enredada en los dedos un sempiterno cigarrillo, la mirada translúcida, el largo cabello recogido en una cola de caballo, fue habitual durante un tiempo en las noches flamencas de Madrid. Eran los primeros años noventa, y Pina Bausch preparaba una coreografía inspirada en la capital. En aquellas veladas concluidas a menudo en el Candela, entre vapores y ayes flamencos, se fraguaron amistades, como la que sostuvo con Pedro Almodóvar. El cineasta manchego le rindió homenaje en su película «Hable con ella», donde incluía breves fragmentos de «Café Müller» y «Masurca Fogo».
Fue precisamente «Café Müller» la obra que deslumbró al público madrileño en 1985. La presentó en el teatro de la Zarzuela, dentro del Festival de Otoño, y supuso una reveladora experiencia para quienes asistieron a aquellas funciones. Estrenada en 1978, es sin duda uno de los trabajos más destacados de Pina Bausch, una mujer que empezó a bailar, según sus propias palabras, porque le daba miedo hablar, y que ha dejado obras extraordinarias, como «Ifigenia en Táuride», «Claveles» (ambas presentadas en el Teatro Real en 1998), «Los siete pecados capitales», «Danzón» o «Nefés» (que pudo verse en la Zarzuela hace tres años). El Festival de Otoño madrileño tiene programada en su próxima edición «Kontakthof», una pieza de 1978.

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