
Ceremonia de retirada de las tropas de EE.UU. de la capital, ayer en Bagdad
Martes, 30-06-09
Hasta 4.318 bajas estadounidenses ha causado la guerra de Irak desde el inicio de la invasión en 2003 hasta el domingo 28 de junio de 2009, día previo al inicio de la retirada de todas las ciudades del país. De acuerdo con el calendario pactado por Washington y Bagdad, el último remanente de fuerzas norteamericanas tiene que haberse retirado antes de 2012.
El día de ayer fue declarado fiesta nacional en Irak. La gente celebraba en las calles la salida de los soldados extranjeros y el «nacimiento de la soberanía iraquí», en palabras del primer ministro Maliki. Que sin embargo ha mantenido una posición ambivalente en las negociaciones sobre esta retirada, tratando de garantizarse a la vez un Irak sin presencia militar americana y sin el estallido de tensiones que esta presencia contenía. Algunos expertos ya hablan de «libanización» de Irak, es decir, de un polvorín étnico constantemente entrando y saliendo de la guerra civil.
En las últimas horas menudearon en la prensa americana los análisis a favor y en contra de la retirada. Estos últimos a veces los firmaban ex-asesores del presidente Bush que acusan al presidente Obama de salir de Irak por razones de política doméstica e incluso personal, dejando el trabajo «sin hacer». Y sobre todo dando la impresión de que Estados Unidos no sale precisamente envuelto en un halo de gloria.
No es la guerra de Obama
El recuento de las víctimas tiene un regusto particularmente amargo. La agencia Associated Press presentaba ayer sus propias cifras, que discrepan en un solo muerto de las del Departamento de Defensa. De acuerdo con la agencia, el ejército de Estados Unidos ha perdido 4.318 miembros en suelo iraquí. De ellos, 3.455 encontraron la muerte como consecuencia de una acción enemiga. El resto serían accidentes, suicidios, etc.
Las bajas norteamericanas son considerablemente más elevadas que las de ningún otro país miembro de la coalición internacional formada para esta contienda. El ejército británico ha admitido 179 caídos; Italia tuvo 33 bajas; Polonia, 21; Ucrania, 18; Bulgaria, 13; España, 11, el número maldito; Dinamarca, 7; El Salvador, 5; Eslovaquia, 4; Letonia, 3; Georgia, 3; Estonia, Holanda, Tailandia y Rumanía, 2 cada uno; Australia, Hungría, Kazajstán y Corea del Sur, 1 cada uno.
A medida que se acercaban las fechas de la «desamericanización» de Irak arreciaron los atentados. Sólo en una semana las víctimas de la violencia sectaria se han elevado a 250. Pero ni eso, ni los negros augurios de los que temen una seria desestabilización, han variado lo más mínimo el calendario.
Esta no es la guerra de Obama. Todos los observadores tienen claro que la prioridad del actual presidente es dejar de perder vidas y capital político en la antigua Mesopotamia, donde todos los fracasos serán de él y todas las victorias, de haberlas, podrían ser reclamadas por los valedores de la antigua Administración. Por ejemplo, esta retirada no sería posible sin la relativa pacificación lograda por el último incremento de tropas aprobado en la recta final de la era Bush.
Obama ha elegido para sí otra guerra, la que se libra en la ardiente frontera entre Paquistán y Afganistán. En lo sucesivo, los mayores «guerreros» norteamericanos en la antigua Mesopotamia serán los representantes de las compañías petroleras que pugnan por hacerse con la licencia para explotar las suculentas reservas de crudo del país. Exxon Mobil Corp y Royal Dutch Shell Plc encabezaban las apuestas para adjudicarse hoy seis explotaciones petroleras y dos de gas.



