Actualizado Martes, 30-06-09 a las 13:05
Francisco Ayala es un ser humano machadianamente bueno, generoso, paciente, irónico, mordaz, inteligentísimo, sabio y puntualísimo. Ayer madrugó como es habitual en él, a sus 103 años, para asistir, junto a su alma Carolyn Richmond, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá al homenaje que le iba a brindar la Asociación de Licenciados y Doctores Españoles en EE. UU. y el Instituto Franklin. Cuando llegó, a las 11 de la mañana, a la cuna de Cervantes, con la profunda emoción que suponía para don Francisco recordar el año 1992 en el que recibió el premio Cervantes, nadie de la organización le esperaba. Sí la prensa y sus admiradores.
Tuvo que aguardar veinticinco minutos bajo el sol y el pedregal de los patios de la Universidad, ora cruzándolos con infinita paciencia con una chaqueta a cuestas, ora refugiándose en la sombra del sol de justicia que caía, sostenido por su mujer del brazo derecho y por un asistente al congreso del izquierdo, hasta que se abrió el Paraninfo. Visiblemente cansado, don Francisco decidió volver a Madrid y le pidió a Luis García Montero que leyera en su nombre las palabras que él iba a pronunciar en la apertura del tributo a su persona.
Aunque estaba previsto que el escritor se quedara a todo el homenaje, al final sólo asistió al principio del acto. El hecho de que, por fallo de los organizadores del encuentro, lo tuvieran esperando durante más de una hora en total hasta que comenzaran las intervenciones, enojó visiblemente a don Francisco. La Universidad de Alcalá de Henares llamó a su domicilio para pedirle disculpas. Cortés y valiente, don Francisco comía agradablemente en su taberna favorita cerca de casa.


