Domingo, 28-06-09
¡Qué racha más triste! En un espacio brevísimo de tiempo se nos han ido en Castilla y León, y con ello aludimos con toda propiedad a la mejor literatura española contemporánea, los maestros más indispensables y los más entrañables. Ayer por la mañana nos dijo adiós el decano de todos ellos, Victoriano Crémer. Nadie esperábamos su muerte por una razón elemental: Crémer nos había acostumbrado a suprimir el tiempo con desenfado y a superar la brevedad de las cosas con aquella flema que reclamaba Cervantes en «La Gitanilla»: dando tiempo al tiempo, que es quien «suele dar dulce salida a muchas amargas dificultades». Así que todos, incluido el propio Victoriano, habíamos olvidado el largo centenar de años que llevaba a cuestas con la dignidad de un joven con experiencia. Nadie le creíamos viejo, porque él era un antídoto eficaz contra lo peor de ese tiempo: su paso enexorable.
Pero Crémer era algo más que la paradoja del tiempo o el decano de nuestros poetas. Fue un maestro en el sentido más clásico y agotador del término, pues lo era al día siguiente de leer sus novedades más recientes y también lo era el día anterior a esa lectura. Y es que esa cita inmediata se concatenaba con las antiguas como una gota de agua que iba calando en la mente hasta producir un rumor soterrado, hasta convertirse en una grata compañia, en una especie de regla para mejorar los desmanes de la soledad y los desarreglos del entendimiento con las cosas, con el mundo, y con la complejidad del hombre. Así he percibido siempre a Victoriano, y así lo percibo ahora cuando el tiempo se ha parado y el recuerdo alienta su memoria -desde sus «Nuevos cantos de vida y esperanza», 1951, hasta «El último jinete» publicado en el 2008- como una especie de consuelo, como una cordialidad risueña.
Tratar y hablar con Victoriano equivalía a acudir a una cita con castañuelas. No había penas a su lado, ni jamás te ibas de su casa con esa extraña sensación de haber dejado cosas en el tintero o de haber embarrancado en discusiones estériles. Nada de eso. Era franco y directo en los asuntos concretos, y en seguida, buscando siempre la razón amistosa, surgía «Crémer contra Crémer» como un signo de vitalidad, de honradez, de generosidad, de cercanía incansable. Y viajar con él, como yo tuve la suerte de hacerlo en varias ocasiones, era como superar aquella senda trillada por Unamuno cuando advertía que al caminar con ciertas personas aparece de repente «lo que te queda de camino».
En cierto momento, hace pocos años, cuando la política leonesa se encaramó en lo más alto de las instituciones del Estado, más de uno pensamos, inocentemente, que Crémer, por fin, tendría un reconocimiento «a nivel nacional», como dicen quienes crucifican al español desde las tribunas. Grave error. Su libertad y su palabra sin frenillo se interpusieron de inmediato entre las consignas de lo políticamente correcto. Fuera de su Autonomía, de su ciudad adoptiva, y del premio Gil de Biedma concedido en 2008, no hubo para este maestro ninguna generosidad nacional. No importa, la muerte de un poeta va acompañada siempre por una muchedumbre silenciosa.


