Dos clérigos iraníes susurran durante el
sermón del viernes, pronunciado por el ayatolá Ahmad Jatami. EFE
Actualizado Sábado, 27-06-09 a las 20:36
Teherán es un planeta dentro del cosmos iraní. Cuando la capital ruge, el país se estremece. Una ley marcial oficiosa rige en las ciudades más importantes y ha logrado acallar las protestas de la oposición cumpliendo a rajatabla con la orden del Líder Supremo, Alí Jamenei, de dar una “respuesta firme” a las marchas que no cuenten con el permiso del ministerio de Interior. Un ejército formado por la Guardia Revolucionaria y la milicia voluntaria del Basij vela por la seguridad de los principios revolucionarios y contra ellos, poco o nada puede hacer una ‘ola verde’ tan voluntariosa como carente de liderazgo.
Desde que el pasado 13 de junio se conociera la abrumadora victoria de Mahmoud Ahmadineyad en las elecciones presidenciales (con más de once millones de votos de diferencia respecto al resto de candidatos), una parte de la sociedad iraní se sintió engañada y se echó a las calles como nunca lo había hecho en los treinta años de historia del sistema. Esas imágenes de rabia, disturbios y violencia callejera hicieron recordar a los veteranos del lugar lo sucedido en 1979, cuando el pueblo se movilizó de forma masiva para echar del país al Shá. Las comparaciones resultan inevitables, pero los dos movimientos tienen poco que ver.
En el Irán del Shá, los grupos sociales y religiosos, desde los comunistas convencidos, hasta los fundamentalistas islámicos, remaron en la misma dirección con el objetivo único de derrocar a una monarquía impuesta por Estados Unidos. Todos confiaron en el liderazgo y carisma del Imam Jomeini y el 16 de enero de 1979, después de casi un año revueltas, Reza Pahlevi abandonó el país. La primera prueba de fuego para el joven sistema fue la guerra con Irak en la que Jomeini fue capaz de movilizar una auténtica oleada de mártires dispuestos a entregar su vida. Una movilización que conmovió al mundo.
Mártires de la ‘ola verde’
Diecisiete manifestantes han muerto en las calles del país según las autoridades, hasta 150 según otras fuentes no oficiales. Cientos de heridos se recuperan en los hospitales y cientos de detenidos se encuentran en un limbo judicial que, para el clérigo Ahmad Khatami, debería solucionarse “aplicando la máxima pena” para dar ejemplo claro de lo que les espera a quienes desafíen al sistema y pongan en duda “las elecciones más limpias” de la historia, según el Consejo de Guardianes. La ‘ola verde’ tiene sus mártires, ha enseñado los dientes, pero carece de un Imam Jomeini capaz de movilizar a la gente a morir por sus ideas y adolece también de motivaciones nacionalistas o cohesionadoras como las que hace treinta años hicieron luchar al país por acabar con un dirigente colocado a dedo por las potencias extranjeras.
La única petición de los manifestantes sigue siendo la repetición de los comicios. Una gran similitud con el 79 es que, como ocurriera entonces, aunque la mayor parte de los integrantes de este movimiento son gente joven, personas de todo el país y de toda condición social se han unido para denunciar lo que consideran una especie de golpe de estado por parte de los sectores más conservadores. Más allá del norte rico y acomodado de Teherán, ciudades como Tabriz, Isfahán, Shiraz o Mashad han sido también escenario de graves disturbios lo que rompe el tópico del Irán rural entregado a las ideas de Ahmadineyad.
Líbano, Palestina e Irán
La política exterior es uno de los puntos de debate entre los sectores conservadores y reformistas del país. Aunque el presidente estadounidense asegurara que “lo mismo da Ahmadineyad que Musavi”, lo cierto es que el debate entre el aislamiento y la apertura se ha trasladado a las calles y las autoridades lo han zanjado por la vía represiva. Porque lo que se enfrenta en las calles de Teherán estos días va más allá de la política, se trata de formas diferentes de ver la vida. El modelo que durante tres décadas Irán ha probado y experimentado a Líbano a través de Hizbolá, o más recientemente a los territorios palestinos con Hamás, ha asentado sus bases durante los primeros cuatro años de Ahmadineyad en el poder y espera consolidarse en este segundo mandato. El problema, como se ha visto en las calles, es que parte de la sociedad iraní no está preparada para este cambio. La otra parte, sin embargo, tiene bien interiorizada la doctrina y defenderá a muerte al sistema.
Cada palabra de apoyo del exterior a la ‘ola verde’, cada manifestación de solidaridad en el extranjero, se convierte en un motivo más para no ceder a la presión de las calles. Cuando el diálogo interno entre las facciones rivales entró en punto muerto, fue el momento de mirar al exterior y usar el arma de la injerencia, algo que, como el fraude electoral, seguro que ha existido, pero será muy difícil de probar.


