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Ahora sí está en Nunca Jamás
AFP
Actualizado Sábado, 27-06-09 a las 13:14
Michael Jackson se ha ido de este mundo sin la oportunidad de demostrar a los más jóvenes que era algo más que una caricatura desgastada que aguantaba, a duras penas, su insoportable existencia bajo un caparazón construido a base de guardaespaldas, velos, paraguas y mascarillas. Más allá, en los últimos años su halo negativo se había trasladado a sus seguidores. Ser fan suyo se había convertido en motivo suficiente para recibir el calificativo de «friki» y sufrir un par de chistes fáciles sobre su piel, su nariz y los niños.
Y si usted tiene menos de quince años, probablemente pensará que eso siempre ha sido así. Pero realmente hubo una época en la que las cosas eran completamente distintas. Un tiempo en el que Michael Jackson tenía que hacer hueco en su agenda para cantar con Paul McCartney, Mick Jagger o Stevie Wonder, nombres que a muchos jóvenes tampoco le sonarán después de ver el otro día en Operación Triunfo —ésa gran factoría de artistas— a un par de aspirantes que no sabían quién era Bruce Springsteen. Lo siguiente será que en cinco años alguien escuche el «Killing me softly» de Roberta Flack y diga «anda, una negra cantando la canción de Pitingo».
Yo tenía entradas para verle el 1 de agosto en el O2 Arena de Londres, y Dios sabe que me había costado la propia vida conseguirlas. Agotó un millón de tickets en apenas tres horas, pero eso no salió en ningún medio. Durante los últimos años, y hasta ayer, el apellido Jackson sólo podía ser noticia junto a las palabras «locura», «cirugía», «cáncer» o «abuso».
Al final, Michael —sus fans siempre nos referíamos a él por su nombre de pila— ha tenido que irse al verdadero País de Nunca Jamás para que el mundo se dé cuenta de lo que se ha perdido en estos últimos años. Ahora la gente se baja la música de Internet o la compra en iTunes y la mete en el iPod, pero hubo un tiempo en que los fans de esta ciudad hacíamos cola en Sevilla Rock desde bien temprano para hacernos con sus discos que, como los bisiestos, llegaban cada cuatro años. Así llegaron a mis manos «Bad», «Dangerous», «History» e «Invincible». Con «Thriller» fue algo distinto. Yo sólo tenía seis años así que mis padres fueron a pedírselo a los Reyes Magos que, en aquella ocasión, estaban recibiendo las cartas en el desaparecido «Vilima» del Centro.
Lo único que nos faltó en Sevilla fue tenerle en directo. Estuvimos a punto de disfrutar del Dangerous World Tour en el 92 en el Estadio Benito Villamarín pero cuentan las malas lenguas que los tinerfeños convencieron a la organización de que el campo del Betis tenía «aluminosis» y por ello el concierto acabó celebrándose en Tenerife.
Dicen que Michael Jackson era un tipo raro y excéntrico, pero la gente que lo ha tenido cerca de verdad —como mis amigos Toni y Laura— cuenta que era «especial». Ellos consiguieron pasar un día en Neverland, dentro del famoso rancho que Michael tenía en California.
Allí pudieron ver como, al final de un camino de baldosas amarillas, como el del Mago de Oz, había decenas de niños disfrutando de una jornada en el parque de atracciones, del magnífico cine o del tren que cruzaba las instalaciones. Eran pequeños con cáncer y, a menudo, con una corta pero trágica vida a sus pequeñas espaldas. También entraron en el cine, en el que la mitad del aforo estaba dotado con camas asistidas por enfermeros para que los discapacitados pudieran ver películas de estreno.
Desde 1984 miles de niños visitaron estas instalaciones en las que todo, absolutamente todo, era sufragado por el hombre que posteriormente fue acusado de pederastia. Sólo hubo dos denuncias, una en 1993 y otra en 2003 y, curiosamente, en ambos casos las familias nunca denunciaron nada a la policía pero sí se afanaron en buscar a un buen abogado especialista en hincarle el diente a la fortuna de un artista que a día de hoy, es el que más ha invertido en organizaciones benéficas.
Ahora ya todo eso da igual. Al menos durante unos días el mundo vuelve a recordarle por el gran artista que ha sido. Hoy sus fans recordamos que, como en la canción «Gone too soon» -dedicada en 1991 a un niño que murió de SIDA- él también se ha ido demasiado pronto, pero esta vez, al verdadero País de Nunca Jamás.
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