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La entrada de la estación de Cercanías de Sol ha levantado un debate estético: «No sé si decir si es fea o muy fea». «Al final, no nos imaginaremos la Puerta del Sol sin ella». Los comerciantes protestan por la luz solar reflejada por los cristales de la cúpula.
VÍDEO: GUILLERMO DANIEL OLMO
La cúpula de entrada a la estación de Cercanías en la Puerta del Sol no deja indiferente a nadie. Martín, de 26 años, resume el arco de la opinión mayoritaria: «No sé si decir si es fea o muy fea». La construcción en pleno kilómetro cero llama la atención de los viandantes. Algunos lo califican con un melancólico «no está mal», o emiten un «es moderno», sin especificar si eso significa estéticamente agradable.
La obra del arquitecto Antonio Fernández Alba contrasta con el estilo homogéneo del resto de la Puerta del Sol. «Tendrían que haber hecho una consulta para que decidamos cómo tenía que ser el diseño. O haber hecho una estación normal y corriente. Ha sido una sorpresa desagradable», se lamenta Sonia, de 48 años.
Pedro, de 22 años, prefiere tomárselo con humor: «Deberían cambiar el nombre a la Puerta del Sol por el de Arca de Noé. Ya teníamos a la osa y el madroño, al rey en su caballo, y ahora una ballena». La estación, según Pedro, parece un cetáceo: «Mira, ahí, la cabeza, detrás la cola, y la otra mitad del cuerpo bajo el agua». Otros prefieren llamarlo «oruga» o «caparazón».
Inna Lazo, jefa de reservas de una agencia de viajes en el número 6 de la Puerta del Sol, es una de las partidarias de la obra. Le recuerda a la Pirámide del Louvre. «Es una obra moderna. Es normal que al principio no guste, pero la gente acabará acostumbrándose y, al final, no nos imaginaremos la Puerta del Sol sin ella».
Reflejos cegadores
A Inna ni siquiera le molestan la luz del sol reflejado desde la cúpula. «Al contrario, nos ilumina». Su compañero de trabajo, Óscar, tiene una opinión diferente. Desde que instalaron la puerta de entrada al Cercanías está obligado a cerrar las persianas por la tarde y encender luz artificial para poder ver. Los destellos de los espejos rebotan en la superficie de la estación hasta estrellar en la fachada del edificio frontal.
La zapatería donde trabaja María Fe Parra tiene el mismo problema con la estación. Los reflejos de los cristales disparan la luz del sol directamente hacia su tienda, cubierta de espejos, donde rebotan hasta cegar a trabajadores y clientes. «Desde las dos a las cuatro de la tarde la luz da directamente en los ojos», cuenta; aunque añade resignada: «Los destellos nos ciegan, pero no quiero quejarme mucho de la estación porque como decidan cambiarla, estamos otros seis años con la calle levantada»
La cúpula de la estación es el objetivo de todas las iras tras las obras: «La nueva estación no se puede mirar, pero no por los destellos, sino porque es muy fea», comenta Susana García iluminada por un fogonazo de luz en su oficina. «No es normal que nosotros no podamos poner ni siquiera un toldo porque rompe la imagen de la fachada, y se les haya ocurrido plantar eso en mitad de la calle».
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