La entrada de la estación de Cercanías de Sol ha levantado un debate estético: «No sé si decir si es fea o muy fea». «Al final, no nos imaginaremos la Puerta del Sol sin ella». Los comerciantes protestan por la luz solar reflejada por los cristales de la cúpula.
VÍDEO: GUILLERMO DANIEL OLMO
«Es difícil recuperar el dinero perdido durante seis años de obras»
El final de las obras de la estación de Cercanías de Sol deja un regusto agridulce entre los comerciantes de la zona. El esfuerzo por las pérdidas económicas tras seis años invadidos de polvo y excavadoras les han dejado tan exhaustos económica y mentalmente que no muestran alegría. Sienten, sobre todo, recelo: «Tendrá que pasar mucho, mucho tiempo para que las compras de los clientes que vengan en tren compensen todo el daño», afirma Roberto Fernández, encargado de una joyería en la Puerta del Sol.
«¿Va a compensar? Esperemos». Azucena Ávila, dependienta en una tienda de ropa para niños, es escéptica con el futuro del negocio. «Cuando vienen los jefes, les tienes que dar mil explicaciones de por qué no hemos hecho caja. ¡Está claro, por las obras! Ahora están confiados en que van a venir de todo Madrid a comprar en la tienda. Les han regalado los oídos con esa idea para que aguanten con las obras, pero, de momento, la gente evita la Puerta del Sol».
Obras hasta septiembre
El hastío es común en todos los comercios. Las obras subterráneas del Ministerio de Fomento están concluidas, pero los trabajos del Ayuntamiento en la superficie no concluirán hasta septiembre de este año. Los comerciantes no quieren hacerse ilusiones: «¿Cómo sabemos cuándo van a acabar? Supongo que algún día; pero, mientras tanto, tenemos que seguir aguantándolas», se lamenta Antonia R.
</MC>Antonia, empleada en una zapatería, recita cansada el proceso de la construcción de la estación: «Primero, que si la obra se hace por tramos; luego, que si hay que desviar las tuberías, que si encuentran la iglesia del Buen Suceso, que si paran las obras un año...».
La cúpula de entrada a la estación de Cercanías en la Puerta del Sol no deja indiferente a nadie. Martín, de 26 años, resume el arco de la opinión mayoritaria: «No sé si decir si es fea o muy fea». La construcción en pleno kilómetro cero llama la atención de los viandantes. Algunos lo califican con un melancólico «no está mal», o emiten un «es moderno», sin especificar si eso significa estéticamente agradable.
La obra del arquitecto Antonio Fernández Alba contrasta con el estilo homogéneo del resto de la Puerta del Sol. «Tendrían que haber hecho una consulta para que decidamos cómo tenía que ser el diseño. O haber hecho una estación normal y corriente. Ha sido una sorpresa desagradable», se lamenta Sonia, de 48 años.
Pedro, de 22 años, prefiere tomárselo con humor: «Deberían cambiar el nombre a la Puerta del Sol por el de Arca de Noé. Ya teníamos a la osa y el madroño, al rey en su caballo, y ahora una ballena». La estación, según Pedro, parece un cetáceo: «Mira, ahí, la cabeza, detrás la cola, y la otra mitad del cuerpo bajo el agua». Otros prefieren llamarlo «oruga» o «caparazón».
Inna Lazo, jefa de reservas de una agencia de viajes en el número 6 de la Puerta del Sol, es una de las partidarias de la obra. Le recuerda a la Pirámide del Louvre. «Es una obra moderna. Es normal que al principio no guste, pero la gente acabará acostumbrándose y, al final, no nos imaginaremos la Puerta del Sol sin ella».
Reflejos cegadores
A Inna ni siquiera le molestan la luz del sol reflejado desde la cúpula. «Al contrario, nos ilumina». Su compañero de trabajo, Óscar, tiene una opinión diferente. Desde que instalaron la puerta de entrada al Cercanías está obligado a cerrar las persianas por la tarde y encender luz artificial para poder ver. Los destellos de los espejos rebotan en la superficie de la estación hasta estrellar en la fachada del edificio frontal.
La zapatería donde trabaja María Fe Parra tiene el mismo problema con la estación. Los reflejos de los cristales disparan la luz del sol directamente hacia su tienda, cubierta de espejos, donde rebotan hasta cegar a trabajadores y clientes. «Desde las dos a las cuatro de la tarde la luz da directamente en los ojos», cuenta; aunque añade resignada: «Los destellos nos ciegan, pero no quiero quejarme mucho de la estación porque como decidan cambiarla, estamos otros seis años con la calle levantada»
La cúpula de la estación es el objetivo de todas las iras tras las obras: «La nueva estación no se puede mirar, pero no por los destellos, sino porque es muy fea», comenta Susana García iluminada por un fogonazo de luz en su oficina. «No es normal que nosotros no podamos poner ni siquiera un toldo porque rompe la imagen de la fachada, y se les haya ocurrido plantar eso en mitad de la calle».



