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Como cada festejo que actúa José Tomás, la expectación estaba por las nubes. Ni una entrada en taquilla. Ni un aparcamiento libre en los alrededores de la plaza, aficionados de toda España atascados en las bocanadas de los tendidos porque no podían acceder a su localidad. Al final, el festejo comenzó con un retraso de casi un cuarto de hora para que el público se pudiera acomodar.
La presencia de JT y Perera juntos aumentaba el interés, y ninguno defraudó. El pacense ganó en trofeos y el de Galapagar hubiera triunfado clamorosamente si mata al quinto. José Tomás consiguió la oreja del segundo con una faena de largo metraje presidida por la firmeza y el ajuste con pasajes de excelso toreo. Ya presentó sus credenciales en el quite por gaoneras, en el que se pasó el toro a milímetros. La plaza explosionó de júbilo en ese momento y siguió con emoción la labor del madrileño, que quizá alargó en exceso. A derechas firmó las series más hilvanadas, pero con la zurda ejecutó lo más profundo. Cuando el toro se apagó -comotoda la corrida de Victoriano del Río- puso la emoción que le faltó al animal al pisar terrenos comprometidos. Las ceñidísimas manoletinas del epílogo acabaran meter al público en la faena. Dejó un pinchazo hondo que le hizo perder el segundo trofeo solicitado con fuerza. En el quinto se inventó el trasteo. Nadie daba un duro por el toro, jun sobrerode Las Ramblas, y a base de buena colocación, suavidad y templanza, consiguió meterlo en el canasto. Lástima que pinchara hasta en tres ocasiones y perdiera las dos orejas de un gran conjunto.
Perera salió motivadísimo en el tercero. No pudo lucirse en el recibo, pero sí en un quite original compuesto de chicuelinas, tafalleras y gaoneras, todas ajustadísimas. Con la muleta estructuró una faena a menos por culpa del toro, que también acabó parado. Principió a pies juntos de frente en el tercio, sin enmendarse para luego embarcarlo con poder y largura sobre la diestra, por donde alcanzó la mayor vibración. Cuando a su enemigo le faltó el motor, recurrió al repertorio ojedista para poner la emoción.Al quinto lo desorejó por una faena más compacta en la que exprimió a su colaborador. Intercaló ambos pitones en muletazos profundísimos de mano baja y largura infinita. Las bernadinas finales redondearon una labor importante con la que se tomaba la revancha del último encuentro con José Tomás en Badajoz.
Javier Conde pasó sin pena ni gloria: no acabó de aprovechar la bondad del primero y tampoco supo qué hacer con el más molesto cuarto.
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