Jueves, 25-06-09
Las cosas son mucho mejores ahora de lo que lo han sido nunca en el planeta.
Para darse cuenta, basta recordar cómo eran los meaderos de las gasolineras, las huchas del Domund o las visitas al dentista, cuando todavía no creíamos que era imposible sobrevivir sin teléfono móvil en el bolsillo.
El actual es el mejor momento de la historia y nosotros, como occidentales, estamos en el lugar ideal para disfrutarlo, pero puedes pasar el día entero pendiente de los informativos de radio o televisión sin escucharlo una vez.
Abres «The New York Times» y te encuentras con que la noticia más enviada por sus lectores cuenta cómo se las arreglan los fabricantes de comida para «comerle el tarro» al ciudadano. Vas a «La Repubblica» y te das de bruces con un nuevo episodio en las «indecencias» de Berlusconi. «Le Monde» titula con la represión en Irán. «The Guardian» subraya que la economía británica tardará más que el resto de los países europeos en salir del hoyo.
Aquí, los pronósticos son todavía más sombríos: nos amenazan con subir los impuestos, el jefe de los espías es un desastre, la OCDE pronostica una caída en el PIB del 4,2% y la recuperación no se ve por lado alguno.
Nada de eso me ha llamado la atención. Ni siquiera que los mosquitos echen a tierra el Falcon de Zapatero. Lo que me ha estremecido es enterarme de que hay una «Generación ni-ni» y que el 54% de los jóvenes españoles no tiene proyectos ni ilusión.
Ni estudian, ni trabajan, temen vivir peor que sus padres y están deprimidos. Pues uno echa la vista atrás, se acuerda del tiempo perdido haciendo el mamarracho en la Universidad, tratando de ligar con alguna convencida de que la habían abducido los marcianos o mirando las musarañas y llega a la conclusión de que «expectativas» tienen estos las mismas que teníamos nosotros.

