Buena parte de las noticias que se publican en los últimos meses, las relacionadas con la cultura incluidas, llegan motivadas por los devastadores efectos que la crisis económica está provocando en nuestro pequeño mundo. Quizás sea demasiado simplificador afirmar ahora que la última víctima ha sido el San Juan Evangelista, pero sobre su club de música y jazz se cernía hasta ayer la amenaza de un cierre inminente. Si Unicaja no hubiera solventado finalmente el problema, ésta habría sido la peor noticia producida en la música popular -incluidas las muertes de Ray Charles y Nina Simone- desde que el milenio comenzó.
La irrupción del San Juan en el paisaje cultural de los 70 constituye un hecho singular. Heredero de la asociación Jazz Forum, puso el jazz y el flamenco a la altura de la capacidad adquisitiva de los universitarios. A menudo se ha dicho que cada concierto siempre fue una aventura; yo creo, en cambio, que todos sus programas estaban hilados con estambres delicados, con ideas que, por un afán totalizador, quisieron -y consiguieron- tener un cariz eminentemente divulgativo.
En realidad, siempre ha habido muchas manos amorosas en la trastienda del San Juan. Y un puñado de artistas amigos también. De los primeros, hay documentadas mil y una acciones de los colegiales que han pertenecido al club, y queda siempre constancia del ímprobo esfuerzo de su director, Alejandro Reyes, por conducirse por los predios de la cultura y el arte espoleado por el placer de enriquecer el conocimiento y el disfrute musicales del personal. Bendito riesgo y serio acierto el suyo. Yo mismo dejé escrito una vez que, gracias a él, en el Johnny jamás hubo arenques a precio de lubina; sí, en cambio, caviar iraní.
Marc Ribot, Tomatito, Louis Sclavis, Carmen Linares, Enrique Morente, José Mercé o John Zorn se cuentan entre los amigos artistas más recientes. Todos son la prolongación lógica de aquellos otros que, a lo largo de treinta y nueve años, cuando mirábamos por la ventana el libro desguazado del otoño, fueron subiendo a la escena del San Juan. Tantos... Paul Bley, Chet Baker, Camarón, Tete Montoliú, Tony Williams, Art Blakey, Lester Bowie, Michel Petrucciani, Ornette Coleman, Dizzy Gillespie, Estephane Grapelli y muchos más.
Jazzistas y clubes andan unidos por el planeta. Sin embargo, la más personalizada carta de presentación que puede mostrar al mundo el San Juan es un criterio programador que no comparte con ningún otro vecino. La suya es una mirada estrábica a la tradición y al presente de la música que, a lo largo de treinta y nueve años, ha servido al asentamiento de un circuito que sigue ganando envites. Lo dije una vez y hoy quiero repetirlo. Proudhon tenía razón. Y Kropotkin. Y Bakunin también. En el San Juan todavía es posible vivir la utopía. Que dure, al menos, otros treinta y nueve años más.
Luis Martín
Escritor
y crítico