Una nueva generación se está gestando
Ternura y cinismo a partes iguales
Publicado Miércoles, 24-06-09 a las 14:40
Bukowski Club, PIPO… veladas de recitales improvisados, momentos de magia cuando algunos guardan silencio, interpretando, como Bárbara Butragueño, otros cerveza en mano, como Óscar Aguado, o el que decidió “ser bueno por principio”, como Daniel Aldaya… Y Carlos Salem con la batuta en la voz rasgada de hombre habitante de barra y detalle. Unos han publicado, otros ponen a prueba la reacción a sus poemas. Y los aplausos llueven y las sorpresas crecen desde el fondo de la tierra.
Como en otras épocas memorables, parece estar surgiendo una nueva generación que ha sembrado el campo como bailando, sin orden ni concierto, pero dando frutos exóticos que poco tienen que ver con todo lo plantado con anterioridad. A su poesía no se la podría encasillar, sino que recoge aromas y los clava a una pared, con alfileres, como a los insectos de alas grandes; los estudia, destruye, reconstruye y termina por crear otro bicho sin amaestrar, fiero y bello. Son poetas que engloban la miseria y la belleza, la fealdad de borrachera con la alegría de la ebriedad.
Y Marcus Versus, así se hace llamar, ha estado observando, callado, a todos estos creadores de nuevas especies. Por eso ha logrado traernos a algunos de ellos para que los podamos tener, volando o enjaulados, en nuestras casas. Así hizo con Óscar Aguado y su «Canción de cuna para un héroe», y con Carlos Salem y su «Si Dios me pide un Bloody Mary». Libros éstos muy distintos, como sus autores y, sin embargo, paralelos. Marcus, también poeta (Pangea), busca nuevos formatos en la poesía con la misma intensidad que se busca a sí mismo. No se asusta por nada; así, en 2008 se inventa y coordina esta particular editorial llamada YA LO DIJO CASIMIRO PARKER , que acaba de sacar otros dos títulos: Tic tac, toc toc de Isabel García Mellado y No hay camino al paraíso de Javier Das y José Ángel Barrueco.
Canción de cuna para un héroe, Óscar AguadoÓscar Aguado, canario y canalla, parece vivir entre gatos, plantas, objetos domésticos que, fuera de contexto, aprenden a hablar por sí solos y a esconderse tras los muebles. Parece un recorrido por dormir al antihéroe, cantarle una canción de cuna que le permita asimilar la pérdida del amor, la pérdida del hombre ubicado en un camino donde cada cosa tiene su nombre exacto, y logre conciliar el sueño, dormir al héroe, oírle roncar. Por eso cree vivir en una tortuga gigante y ensayar el mismo acto una y mil veces antes de salir a escena; espera de corazón que todo se trate de un juego, nada más, aunque en el fondo sepa que no hay canción de cuna que valga en los tiempos que corren. Por eso “el amor es una tubería atascada”, “la canción me duele en los labios” y “la brújula está en el bolsillo del muerto”. Cada frase arranca un pedazo de carne al iluso. “Bebo solo, que es como mejor se arranca uno las legañas.”
Es el poeta de calle sin chaqueta, sin pelos en la lengua, y sin rumbo. La sensación de mirada perdida sobre el mundo no le abandona a uno mientras lee sus versos (“la muerte no sirve para dormir tranquilo”). Óscar se ríe de sí mismo inmerso en el planeta, que para él es un escenario lleno de complejidades absurdas que no le llevan a ningún lado (“bailarán nuestras sombras su última danza / en la pista que nuestros pies se merecen / como dos bailarines sin destino”); escenas aparentemente inconexas que van dibujando complejos sentimientos. (“Al matar pájaros se va llenando el corazón de piedras / ahora es tarde / el amor es una rata asustada / y tú ahí / abriendo las ventanas de par en par / como hace la dulzura cuando se va para siempre (…)”)
Ama desde la punta de los pies y se fuma el amor cigarro tras cigarro, volviendo a encenderlo una y otra vez, pero quemándolo con ansiedad hasta restregarlo en el cenicero, manchándose los dedos de ceniza. “(…) los muertos ya se han rendido / quedamos tú y yo / podemos matarnos / y dejar esta batalla sin héroe.”; “(…) puedo dormir en la plaza / y no despertar jamás / desatar la ira contra una flor / llover goteras / cerrar la puerta y decidir si soy humano / puedo decir amor / y no clavarme los dientes / brillar un segundo.”; “(…) somos muñecos esperando que algún / viajero del tren nos agarre el cuello al pasar (…)”
Si Dios me pide un Bloody Mary, Carlos SalemEl porteño Carlos Salem ha compaginado trabajos como periodista con los de conserje de hotel, pizzero, taxista o vendedor a domicilio de productos desinfectantes contra cucarachas. Desde 2000 fragua por los bares de Madrid cosechando premios y cautivando tertulias de madrugada.
Crítico, burlador de premoniciones y complejos, sabedor de que el tiempo se pierde tontamente (la rutina “una piraña solitaria en tu pecera”), camarero del alma del que ha perdido el juego pero no sabe de dramas (ése sería un buen compañero de barra, un buen dialogador); perfecto equilibrista de los silencios, de las palabras con las que se acuesta (“siempre acostándome con las palabras en defensa propia / malcriado por mis coartadas de papel / poniéndoles los cuernos / con la vida / pero volviendo siempre a su cama conocida / y sin pedir perdón”)… Una vida llena de encuentros y huidas (“renuncié a idear el futuro / como un ascensor sin botones”). Y lo que queda entre una y otra cosa: esa repetitiva resaca que no se pasa con Bloody Mary. Como dice en la contraportada muy acertadamente: “Sus versos son un coctel de nocturnidad y alevosía, que rasgan con sabor agridulce sus recuerdos y vivencias, para adentrarnos en unos sentimientos bruscos que disparan ternura y cinismo a partes iguales”.
“Cómo beber de Bukowski la dulzura / oculta entre brutales cucarachas / poética entre sábanas pringosas / auténtica / en peleas, tugurios y borrachas / y seguir siendo un gigantesco caradura (…)”; “(…)dormir temiendo que alguien / me enrolle al recoger el decorado / y me abandone en un almacén lleno de sueños / de tela y papel / despertar lleno de fuerza algunas veces / odiar o amar a prójimos estúpidos / discutir lo banal / mientras el pollo hecho de nieve se asa / lentamente. / Tengo tanta hambre de vida / que me como la mía a dentelladas / y sin descongelar / lo suficiente.”
Actuales pero a contracorrienteTodos ellos tienen el sudor de Roger Wolfe y sus Mensajes en botellas rotas: (“Noches como un perro / rascándose / una oreja.”) Destilan la incredulidad del siglo XXI, la fiebre del que no logra ubicarse porque no quedan butacas libres en la sala abarrotada. Y para ello observan lo que tienen entre las manos, lo que los objetos cotidianos tienen de delito por lo que traen de rutina entre sus hierros. Acarician leyendas en las mujeres con las que se topan, pero siempre conocen el final del cuento. Y ellas no son tan bonitas, y ellos no son tan viriles, y el café quema la lengua o está demasiado amargo. Pero entre la tela de tanto tejido hay un ansia de encontrar algo que les convierta en auténticos, en héroes de su historia, y eso les hace mantener la toalla en vilo sin llegar a tirarla. Y por eso su poética es tan frágil, brusca y desgarradora. Por eso cautiva de esta manera tan rutilante, sobre todo si sale de la boca del autor, bajo el foco, en un bar, que es donde nace toda su historia; bajo el humo, las respiraciones y las sonrisas que terminan corrigiendo cada rostro dentro de la sala. Eso sí, aunque todas las butacas estén cogidas.

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