Martes, 23-06-09
ITINERARIOS
No entiendo muy bien a qué viene tanto revuelo. Desde hace bastantes décadas sabemos a qué menesteres trágicos se dedica Alfonso Sastre. Desde los finales del franquismo hasta hoy mismo, con una coherencia que traduce su convicción. En mitad de la dictadura, Federico Sánchez lo convenció de entrar con Eva Forest en el PCE a cambio de cubrir sus deudas materiales (más de medio millón de la época; finales del 50) en la tienda de delicattesen donde el matrimonio revolucionario se abastecía para su manutención especial. Años después, cuando Carrillo pasó el PCE al eurocomunismo, Sastre inició su propia carrera de actor trágico apoyando de una u otra manera a ETA y mostrándose partidario de Herri Batasusa con todas las consecuencias. Ahora, tras el asesinato de Puelles, un hombre honrado, el heraldo negro reitera su gusto por el fascismo vasquista en el que ingresó hace tantos años. De modo que me parece absurdo que se señale a Sastre como una novedad partidaria de los asesinos. Tan absurdo como que el Estado haya permitido presentar su candidatura a las europeas de hace tan sólo unas semanas. Este juego de la vida no es una puesta en escena teatral y en Euskadi vienen sobrando desde hace mucho tiempo los criminales que han hecho del asesinato un negocio, y todos sus cómplices, quienes los apoyan política y personalmente. Por otro lado, no es nada extraña la evolución política del dramaturgo madrileño: del fracaso a la más absoluta miseria. Todavía lo recuerdo en los ochenta, en mi despacho de Argos-Vergara en Barcelona, y de la mano de Gonzalo Santonja, a cobrar los derechos de autor de una de sus novelas.

