Lunes, 22-06-09
Disfrazar nuestra realidad no tiene sentido. Recojamos las cifras que se pueden leer en «The Economist» de 13 de junio de 2008 referentes a los 42 países de mayor peso en la economía mundial. Cuando en el mes de abril hemos sido subcampeones —el campeón es Japón— en el descenso anual de la producción industrial con una caída del 28,6%; subcampeones —el campeón es Sudáfrica— en el desempleo, con una tasa, también en abril, del 18,1%; asimismo subcampeones —el campeón son los Estados Unidos— con un déficit por cuenta corriente en los doce meses que concluyen en marzo de 2009 de 135.900 millones de dólares; y en esto sólo terceros —el primero y el segundo son, respectivamente, Gran Bretaña y Estados Unidos— en el déficit previsto del Sector Público para el año 2009, en porcentaje del PIB, que alcanzará en España, según la previsión del Economist Intelligence Unit, el 9,6%, es evidente que la crisis nos golpea con fuerza considerable. El largo artículo en «The Economist» de 13 de junio de 2009, «The big sweat», se inicia significativamente así: «Catástrofes bancarias y recesión han conducido a vastos incrementos de la deuda pública de los países ricos... Esta superindulgencia tiene un precio», y en él se nos califica como «los más débiles miembros de la Eurozona» junto a Grecia, Irlanda y Portugal, aunque quizá debieran agregarse los austriacos y los belgas. Parece, pues, que constituimos el grupo de los niños malos del Área del euro. Claro que si sumamos las cuatro cifras recogidas en «The Economist» para hallar algo así como un tosquísimo índice de malestar, nos encontramos con que nos hemos convertido en el país de peor comportamiento de la Eurozona. Los riesgos, pues, de que se nos pueda invitar a que la abandonemos no son para despreciar. ¿Y qué sucedería entonces?
La respuesta la tenemos al observar, ahora mismo, lo que sucede en Argentina. Si anualizamos los últimos datos trimestrales conocidos del PIB, que corresponden al cuarto de 2008, éste cae a una tasa del 3,5%. Y en el primer trimestre de 2009, el desempleo alcanza un 8,4% de la población activa. En un año, el peso se ha desvalorizado en relación con el dólar en 28,6%. Los tipos de interés de la deuda pública a tres meses andan cerca del 15%. La crisis, pues, está también servida a orillas del Plata. Pero no resulta posible atajarla, aumentando la oferta monetaria. Lo que sigue procede de la amplia información facilitada por la entidad de Buenos Aires iprofesional.com el 9 de junio de 2009.
El economista Carlos Malconian, titular de la empresa M&S Consultores, agrega a lo señalado, que existe una fuga de capitales del país realmente considerable. La estima «entre 600 y 800 millones de dólares mensuales», mientras se «recrudece el temor sobre el futuro del país». Por su parte, Rodrigo Álvarez, economista de la empresa Ecolatina, añade que si el Banco Central argentino aumenta la emisión de pesos, en buena parte «se irían al dólar». La gente no quiere la moneda nacional. «Hay menos transacciones, la actividad está en retracción y los depósitos, también. La creación secundaria de dinero está frenada porque los depósitos no crecen. Hay una dolarización muy grande de lo ahorrado». Por eso se observa «que la gente ha dolarizado sus ahorros. Si esta tendencia se mantiene, probablemente posponga consumos... lo que implica un ajuste en sus niveles de... (gasto)». Añade que la venta de bienes tales como las propiedades de bienes raíces, los automóviles y los electrodomésticos, cae a tasas de dos dígitos.
Ratifica todo esto así Miguel Kiguel, director de la consultora Econviews: «Los bancos está cuidadosos con el riesgo crediticio, porque estamos en situación recesiva y ha aumentado la mora. El (Banco) Central no puede hacer mucho con eso. Si emite, ese dinero se va a dólares y no puede hacerse más de lo que la demanda absorbe». Y, por su parte Miguel Ángel Broda señala que «mientras la dolarización aumenta casi un 8% en términos de PIB, la demanda de moneda local cayó 1,5 puntos desde fines de 2007», y todo ello de modo simultáneo a una caída de «la inversión extranjera directa (la IED) y los préstamos financieros (por parte de entidades del exterior) se esfuman». Y todo lo anterior ¡con un dólar con tendencia bajista respecto al euro!
Si España saliese del euro, el espectáculo argentino se repetiría. Barry Eichengreen en su trabajo «Sui generis EMU» («European Economy». Economic Papers 303, febrero 2008, así como en su otro ensayo «The Break-Up of the Euro Area» (NBER, wp nº 13.393, septiembre 2007) nos recuerda precisamente lo sucedido con el «corralito» argentino, tras exponer, costes y ventajas de un posible abandono del euro por parte de un «miembro del área del euro en pelea con problemas de competitividad y alto desempleo». Nuestros compatriotas no querrían de ninguna manera neopesetas, porque sospecharían que se irían a desvalorizar continuamente frente al euro. Por eso, toda la oferta que se lanzase de estas neopesetas se convertiría en euros, lo que significaría una fuga de capitales notable, que se añadiría a una balanza muy negativa en las IED. O sea, fuga masiva de capitales debido a las expectativas racionales de los agentes económicos españoles. Nuestro Alfonso Novales, uno de los grandes en torno a la polémica sobre esta cuestión a partir de Muth y Lucas, creo que admitiría que nuestra fuga de fondos hacia el euro, en caso de ser expulsados de éste, hundiría, como sucede ahora en Argentina, nuestras posibilidades de desarrollo.

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